lunes, 26 de febrero de 2007

Qué fuerte que llovió

Y entonces el silencio incómodo otra vez, el silencio que grita y no hay nada que decir, no hay qué decir, qué fuerte que llovió el otro día, él dice, y entonces hay un consentimiento con la cabeza, y sí, fuerte, muy fuerte, digo yo sin saber siquiera si es que llovió, si es que fue tan fuerte como él dice, claro, qué fuerte que llovió el otro día, le digo.
Y entonces volvemos al mismo camino, a la misma dirección, seguros los dos de que esto no tiene sentido, de que no nos interesa saber el uno del otro, de que no te conozco y no me interesa conocerte, porque no sé de a dónde has salido, no sé cuál es tu historia de vida, no sé cómo llegaste a ser quién eres, ni tampoco me interesa, no me interesa saber que vivencias han fijado en tus ojos esa mirada de hombre cansado.
Y entonces no sé qué decir ahora, porque no quiero quedar mal, porque claro, mis absurdas preguntas delatarían mi tremendo desinterés en saber quién eres, en qué sueñas, en qué crees, en cuáles son tus motivaciones para vivir en esta vida sin sentido. Y entonces mejor me callo, no digo nada, ni siquiera sé si llovió, sólo quiero salir de aquí, escapar de este lugar, fingir una prisa y desaparecer de la vista del hombre, del hombre que no conozco, que no sé dónde he visto y que me ha saludado y al que yo también he saludado de la misma forma, con el mismo abrazo incómodo, que él me ha dado más largo y al que yo he escapado sin querer y al que al darme cuenta de mi falta, he vuelto cuando tú te has ido, entonces has vuelto también y entonces yo me siento incómoda y ahora sí, ahora sí me he escapado.
Y entonces me ha preguntado por mi, yo, sí, estoy muy bien gracias, y ha seguido por mi hija y por mi esposo y le he respondido que están muy bien, que están en casa, que la Pilarcita perdió su primer diente y que a Manuel lo han subido de grado en el hospital, que ahora es jefe de su área y que está con mucho trabajo pero que está feliz, porque eso es lo que le gusta y a mi me hace feliz que él esté feliz.
Y entonces me doy cuenta de que él se va a dar cuenta que yo no sé quién es, porque quizás le estoy dando mucha información, qué vergüenza, aunque la verdad, me da lo mismo si es que se da cuenta, sólo que voy a quedar como una cínica, pero quizás es mejor que parecer una egocéntrica porque hablo sólo de mi, porque no le pregunto nada de él, porque no sé si está casado, no sé si es que tiene hijos y tampoco me interesa saberlo.
Y entonces mejor no le digo nada, mejor le digo que están bien y nada más, están bien, gracias, le sonrío cínicamente, los labios los tengo partidos, secos, llenos de costras y cuando sonrío me duelen, y entonces le doy rápidamente la espalda y olvido quitarme la sonrisa cínica de la boca solo hasta que me encuentro con mi reflejo en la ventana del vagón, y ahí estoy frente a mi misma, fingiéndome a mi misma una sonrisa, engañándome como a una idiota con una mímica que rompe más la piel de mis labios. Y entonces me olvido de mi y empiezo a ver ya no por la ventana hacia adentro, sino que por la ventana hacia afuera y sí, hay agua en las calles, mucha agua, entonces sí, debe haber llovido fuerte, muy fuerte, qué fuerte que llovió el otro día escucho por la espalda y entonces me doy vuelta, con las ruinas de lo que fue mi sonrisa de ingenua vencedora, y sin pensarlo y sin manejar las palabras que se me resbalan sin que yo me dé cuenta y sin querer decirlo, sí, fuerte, muy fuerte, consiento con la cabeza para remarcar, claro qué fuerte que llovió el otro día, le digo.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Del otoño de unos patriarcas

No quiero desprenderme de ideologías políticas con este post.

Podría decir altaneramente, como muchos, que no creo en la política, pero no lo haré, primero porque no comparto los absolutismos en ningún tema y segundo porque me falta mucho por saber. Puedo decir también que me ha tocado crecer en un país en Democracia, por lo que los derroches del poder en mi país, los he vivido por medio de otras vivencias y no considero auténtico valerme de ellos en este momento.
Hoy día, sólo podría decir que soy una espectadora más, bajo la lluvia de hojas amarillas que lanzan al viento algunos patriarcas latinoamericanos.



Para algunos héroe, para otros villano, la figura del Ché está muy polarizada.

Para lo primeros, el Ché es más que un rostro estampado en tela roja, representa un símbolo, la alegoría perfecta del idealismo a prueba de todo, un Alonso Quijano que no se volvió loco, un luchador insaciable por la causa obrera. Y porque con el “hasta la victoria siempre”, Guevara pudo llevar a cabo proyectos sociales que involucraron a todo un continente.

Para los segundos, en su mayoría voces desterradas de la isla, el Ché es el principal mentor de la dictadura comunista de Castro. Además legitimando el movimiento armado y la guerrilla, Guevara encarna al perverso luchador a muerte, asumiendo la vida de los contrarios (sin importar la cantidad) como el costo necesario para establecer la revolución socialista en países latinoamericanos.

Yo admiro al Ché.
Ahora bien, estoy en contra de la lucha armada como vía al socialismo y de la guerrilla, que no paradójicamente son las vértebras de su ideología.
Admiro el idealismo del Ché, admiro su valentía a prueba de todo, su tremendo espíritu de perseverancia, de constancia, de lealtad a su discurso, de fidelidad con los principios que lo definían y que lo movían como ser humano.

La casa donde vivió su infancia y primera adolescencia está ubicada en Alta Gracia, en Córdoba, un pueblecito con olor a tierra y sin más señalización que las grandes flechas reflectantes que indican cómo llegar a la casa del guerrillero.

La razón de este post fue el gusto amargo que me produjo encontrar entre las piezas que se rebalsaban de objetos, cartas y leyendas completas de la vida del Ché, un salón acartonado de fotografías de la visita que habían realizado los presidentes Chávez y Castro en el 2006 al actual museo.


Visita ilustre de mandatarios” de golpe en la entrada, placas grabadas con sus nombres completos y sus autógrafos estampados en las paredes y sus tremendas fotografías de libertadores de ninguna libertad, cobraban gloria, ahí, en el lugar de las glorias de Guevara.
Y entonces, me pregunto si es que el Ché se hubiera sentido a gusto con la visita de tales semblantes desfilando, en su primer hogar, como luchadores por la causa… ¿latinoamericana?

El discurso del Ché es directo, él no se pierde en los que sí pero no, en los órdenes para el progreso, en los todo por el pueblo pero sin el pueblo. Guevara es tremendamente anti-imperialista, y Chávez y Castro también, pero Guevara lo es para combatir con la desigualdad social latinoamericana, para levantar al proletariado y hacerlo conciente de sus derechos civiles, de sus condiciones humanas (así lo dice el discurso marxista).
¿Qué hacen entonces Chávez y Castro coartando las libertades civiles de su población y posando para la prensa mundial, ahí mismo donde el discurso guevarista es el que se escucha?

Fue en la caída de Batista, donde Castro y el Ché fueron compañeros de guerrilla, para iniciar una revolución social, para comenzar una nueva senda en la historia de Cuba, que terminara con las desigualdades sociales.
Batista corrompió libertades civiles para combatir al comunismo, violó fuertemente los derechos humanos y fue precisamente terminar con esa pesadilla, la bandera de lucha de Guevara y Castro, en esos momentos.

¿Y qué hace hoy día Chávez cerrando canales de televisión, privando a la propia población de sus derechos civiles, de su, por ejemplo, derecho inherente a la información?


Chávez habla de una hegemonía del Estado, eliminando así al pluralismo político.
Castro mantiene una prensa monopartidista en donde hay una sola verdad. En Cuba no existe ningún medio de comunicación masiva disidente al régimen castrista.

Creo que Chávez y Castro son los perfectos patriarcas de los que tanto habla García Márquez. El poder ensombrecido en la costumbre, en la rutina de gobernar, en el placer de saber que algo en sus vidas puede ser vitalicio.

Falta poco para que Chávez termine cambiando las nociones del tiempo o al menos de su tiempo (porque es SU país). El patriarca de García Marquez fue capaz de modelar la hora, el tiempo, porque si padecía de insomnio había que apurar al sol de la mañana y si es que sus trigales necesitaban lluvia, el cielo tenía que mandarla.
Castro es el clásico ejemplo de la permanencia inquebrantable en el poder, el del vicio solitario del otoño. Bajo su traje saturado de insignias y divisas, bajo su coraza de honores y títulos, como le pasó al patriarca sin nombre, sólo vive el rumor de cien años de gobierno que no han sido percibidos por él mismo, sólo por el tiempo flojo colado bajo su piel.

El Ché fue sobretodo austero. Estaba dispuesto a postergar las necesidades personales para defender primero las de su pueblo. Renunció a las facultades que, establecido el régimen socialista en Cuba, le ofreció Castro (Guevara murió haciendo la guerrilla en Bolivia, ya constituida en años la revolución cubana).

Chávez, se aprovecha de las facultades que le da la Asamblea Nacional. Con la última ley promulgada en Venezuela, con la ley que habilita al presidente con nuevos “superpoderes” (como los llama El Mercurio) de gobernar como a él se le dé la gana, por decreto y sin mayor control político, no hace si no asegurarse un devenir personal. Chávez no hace si no jugar a la lotería con un solo cartón a ganador, con un solo séquito de bolitas que aparecen para un único y seguro triunfador.
La actual enfermedad de Castro podría ser la equivalente al testículo herniado del general de García Márquez, la metáfora perfecta de su condición humana mortal. El nóbel colombiano dice que con la muerte del patriarca y la de su poder, “el tiempo incontable de la eternidad había terminado”.

Y entonces bastaría pensar que en esta historia, que día a día se escribe, falta quizás un nuevo actor en escena. Un nuevo personaje, un nuevo comandante, falta que Silvio vuelva a cantar “la entrañable transparencia, de su querida presencia”, para que aparezcan nuevos soñadores como el Ché, que cambien un poco el mundo.

domingo, 18 de febrero de 2007

¿Cuántas de azúcar?

Cuántas de azúcar, pregunta perdiendo los ojos en la cuchara sumergiéndose en el azucarero, que se hunde, que se pierde y por qué preguntas si lo sabes, si sabes cómo lo tomo, siempre me preguntas lo mismo, qué te crees, qué te he hecho mujer, qué, a ver, qué, dilo, dilo, y zamarreándole las manos gritaba, suéltame, no me toques, qué te has creído, qué, si te lo he dado todo, descarada, qué te has creído, y no hables porque no me interesan tus mullidos de perro atropellado, no te he hecho nada, te lo he dado todo y así me agradeces, sólo te preguntaba por las olas de azúcar que se rompen en tu hígado, por el desierto de agua que hay bajo tu piel y qué te importa, te vas a meter en mis adentros también, cállate y no hables, que las palabras se te estanquen entre los dientes, que te rasguen las encías, métete tierra en la boca y cállate mujer, cállate, que caiga el barro por las quebraduras de tu boca, no sigas por favor, te lo pido, y entonces un golpe en la sien, no, por favor en un mullido agudo, no por favor, no sigas, te amo, te amo, si? me amas?, y sabes lo que eso significa, sí, sí, nunca más, entonces prepárame el café sin azúcar, mujer, sin azúcar, mi amor.

martes, 30 de enero de 2007

Dedicado a la amarilla

Fue demasiado freak fue cuando la escuché.
Qué hacía yo, en ese lugar, a esa hora, en ese día, ahí. Cientos de personas recorrían el Jardín Japonés y yo era, una más, una turista más, que colgaba desde una mano una cámara de fotos y que arrugaba entre los dedos de la otra, el mapa con el recorrido del lugar.
Estaba yo mirando a los muchos que asomaban (no puedo decir narices) sus ojitos saltones y de pronto, esta señora les habla a los niños que pululaban a su lado.


-Mirén nenes a los pececitos plin, plin, plin


Espasmo de risa.
Yo, yo era la que figuraba al lado de la señora y no otra persona. Yo y sale con el plin, plin, plin.
Ni me di cuenta y ya estaba riéndome a gritos al frente de la señora.
Era yo la que se burlaba del tremendo y sincero gesto maternal que había tenido con los niños al llamar a los del agua con un plinplineo.
Era yo la que no le veía su cara de indignación frente a mi desfachatez del instante (acostumbro a reír con los ojos cerrados), y no otra persona.
Era yo y ella, frente a frente, cara a cara bordeando un lago de aguas espesas de naranjo y grisáceo. Era yo batallando con mi risa y ella con su silencio decidor.
Al agotar la carcajada y darme cuenta de la situación, simulé un ataque de tos. Plin, plin, plin, cada vez más desinflado seguía la señora sin mirar a los niños.
Cómo explicarle que no había, en ese momento, palabra que me causara más gracia que plin, plin, plin. Que aunque los pescados ya envueltos (y desenvueltos) en su extravagante integridad física me daban risa, en ese momento, en el segundo en el que ella asomaba su ronca voz del typical argentinian old-woman who has been smoking her whole life, para decir plin, plin, pececitos, podía sentir como si alguien me hiciera, sin parar, cosquillas en la planta de los pies.

Yo creo que los pececitos japoneses modulaban plon, plon, plon.
Con el círculo que se les dibuja en sus bocas, yo sólo les alcanzo a leer en los labios un lo mor ostobo sorono.

domingo, 7 de enero de 2007

Cuerpos pintados y los Pájaros de Neruda

Ayer en la noche fui a “Cuerpos pintados y los Pájaros de Neruda” en la Estación Mapocho. El espectáculo, que ya se había dado a principios de año en el Municipal, lleva muy bien puesto el nombre de ser de naturaleza multimedial: en la puesta en escena se fusionan disciplinas como la fotografía, el ballet, la música, la pintura y la literatura.

En el 2003 recuerdo haber ido a una presentación de Cuerpos Pintados en el parque Bicentenario. Por haber sido de los primeros encuentros que tuve con la fotografía, quizás no dimensioné bien en ese momento la apuesta que significó para un artista presentar, insertado en un proyecto experimental, una muestra en donde los protagonistas de la obra de arte, de carne y hueso, se presentaban desnudos en un país como Chile.

Pienso que mostrar arte concentrado en un desnudo, en un país en vía al desarrollo, debió haber sido una gran hazaña para Edwards pensando que el proyecto lo comenzó a principios de los 90. La iniciativa tiene como fin poder generar una reflexión libre de prejuicios de nuestro cuerpo humano, sin que el morbo, que se le implanta al que el foco de atención esté en desnudos, fuera invitado al evento.

Hace poco volví a ir a una exposición de cuerpos pintados, que pertenecía a la misma fundación que hoy día se mueve en campos internacionales, pero esta vez en enmarcada en un proyecto social. Éste buscaba ofrecer a personas acomplejadas con su cuerpo, la posibilidad de mostrarse por primera vez al mundo sin ataduras físicas; sus cuerpos desnudos, sin pertenecer al canon de belleza hoy definido por los medios, fueron pintados por artistas de renombre latinoamericanos. Abundaban las mujeres que sonreían sentadas sobre sus anchos abdómenes y ancianos que desfilaban contorneándose con ambas manos las arrugadas cinturas. Todos se sentían plenos y dichosos de mostrarse tal cual eran. Sentí que, sin haberme dado cuenta, el proyecto experimental de Cuerpos Pintados había alcanzado (bueno, desde hacía tiempo el despegue) una especie de firmeza invencible en su vuelo: el arte una vez más estaba al servicio de la humanidad.

El taller de Cuerpos Pintados ha buscado evolucionar a nuevas áreas. Quien quiera pintarse lo puede hacer. No hay razas, género ni estatura que pueda frenar el paso a ser pintado. Hoy día el proyecto, sin fines de lucro, ha demostrado que el cuerpo es medio de expresión para todos: no hay mejores ni peores cuerpos, sólo los hay diferentes.

Los cuerpos pintados del espectáculo de Neruda, pertenecían a los integrantes del Ballet Nacional. Sus cuerpos desnudos, eran vestidos con proyecciones de luces. No de uno sino que de miles de colores. La interpretación, sin embargo, los olvidó como seres humanos: la transformación que los casi veinte bailarines sufrieron al convertirse en pájaros, fue perfecta.


Arte de pájaros”, es un homenaje de Neruda a las aves que sobrevuelan el continente americano. La obra escrita está dividida en dos partes: Neruda dedica poemas a pajarintos que son aves reales y que todos hemos visto alguna vez (águilas, cisnes, flamencos, gaviotas) y a pajarantes (que no es la fusión de pájaro navegante) que son aves imaginarias, pájaros que el poeta ha sacado volando desde su imaginación.

Cuando Neruda da a conocer en su creación a su ave homologa, Pablo Insulidae Negra, pienso en que cada uno debería dar a conocer su ave. En el ballet el bailarín que interpretó a Neruda abrió el cielo de su escenario con “El pájaro yo” de Neruda.


Me llamo pájaro Pablo,
ave de una sola pluma,
volador de sombra clara
y de claridad confusa,
las alas no se me ven,
los oídos me retumban
cuando paso entre los árboles
o debajo de las tumbas
cual un funesto paraguaso
como una espada desnuda.

Fragmento "El pájaro yo", Neruda


Neruda dice que a él las alas no se le ven. Y a quién se le ven?

Los pájaros, disfrazados de cuerpos desnudos, que se deslizaban a solas por los recovecos del escenario lo hacían primero lento. Cuando ya se estaba formando la bandada, comenzaba el sigiloso culebreo seguido del vuelo.
El susurro de una mujer que recitaba lentamente, terminó siendo la mejor alabanza a los flamencos.


Sobre la nieve natatoria
Una larga pregunta negra.


Cisne, Pablo Neruda.

Cuando ya las aves han danzado, migran a conquistar nuevos aires y el poeta de despide de ellas.


“Poeta provinciano,
pajarero,
vengo y voy por el mundo,
desarmado,
sin otrosí,
silbando,
sometido al sol y su certeza,
a la lluvia, a su idioma de violín,
a la sílaba fría de la ráfaga.

Sí sí sí sí sí sí,
soy un desesperado pajarero,
no puedo corregirme
y aunque no me conviden los pájaros a la enramada,
al cielo
o al océano,
a su conversación, a su banquete,
yo me invito a mí mismo
y los acecho sin prejuicio ninguno.

(…)

Yo, poeta popular,
provinciano, pajarero,
fui por el mundo buscando la vida:
pájaro a pájaro conocí la tierra:
reconocí donde volaba el fuego:
la precipitación de la energía y mi desinterés quedó premiado
porque aunque nadie me pagó por eso
recibí aquellas alas en el alma
y la inmovilidad no me detuvo.

El poeta se despide de los pájaros, Pablo Neruda, de “Arte de pájaros”

martes, 2 de enero de 2007

Retratos que no queremos ver

Según cuenta la mitología griega, Narciso estaba enamorado de su rostro. El joven iba todos los días a mirar su reflejo a las aguas claras de un lago. Fue tanta la obsesión por sí mismo que un día intentó besarse y cayó al lago. Murió ahogado bajo aguas profundas.

Se considera narcisista a quien tiene una sobrevaloración personal. Un narcisista es necesariamente ególatra y que no sólo cosecha, día a día, una inmensa veneración personal, sino que además está constantemente subestimando al resto. Se cree grandioso y superior.

En “El retrato de Dorian Gray”, Oscar Wilde teje su novela en base al narcisismo y a las secuelas que este trastorno, puede acarrear en la vida del hombre.
Dice la historia que Dorian Gray llegó a ser tan vanidoso que le pide a un pintor que le haga un retrato para poder observarse a tiempo completo. ¿Por qué no mejor mirarse en el espejo o en el agua como Narciso? No, Gray quiere verse siempre joven y atractivo: desea dejar estampado en la tela, la belleza de quien es joven.
En el desenlace de la obra, el cuadro cobra vida y empieza a tragarse cada una de las actitudes perversas del hombre; mientras la tela comienza a tornarse sombría y sucia, Gray, en vivo y en directo, se mantiene bello y joven. Olvida, sin embargo, que las pasiones también podían quedar atrapadas en el lienzo, (el hombre sin pasiones no puede vivir) y es así como la arrogancia y la soberbia terminan pasándole la cuenta.

La historia de Dorian Gray toca el tema de la vanidad. El joven posee una inmensa admiración de lo exterior, de lo frívolo, a tal punto de superponer lo superficial frente a los sentimientos.


Es fácil entonces imaginar que todos los autorretratos deben estar cargados de un cierto narcisismo. Algo así como una auto veneración crónica. ¿Por qué reducir el arte a mi rostro? El arte está para crear. Recrear lo visible y lo invisible. Gray al menos es indiferente al mundo y a la naturaleza que lo rodea. Pero no. No siempre es así. No todos los artistas que han pintado su rostro han buscado la exaltación del “súper yo”. Frida Kahlo y la tragedia personal en sus cuadros constituye una excepción.

La vida de la Kahlo está rociada de duros y tristes episodios. Luchadora por la causa social de su México querido y militante del partido comunista del mismo país, dedicó casi toda su vida artística a la elaboración de autorretratos. Pero no como los de Dorian Gray (bellos, agraciados y tremendamente armoniosos): Frida Kahlo acentuó los bellos de su bigote y entrecejo en una mirada propia tosca y fría, y mostró al mundo el gran sufrimiento que le significó la postración vitalicia que tuvo en su cama.

En su corta vida resistió graves accidentes que le significaron cirugías y lesiones de por vida. Cuenta su biografía que la primera enfermedad que sufrió le dejó la pierna derecha más delgada que la izquierda. Como si fuera poco, años más tarde un accidente en el autobús en el que viajaba, la dejó no sólo con lesiones en las costillas, los hombros, la clavícula y la pelvis, sino que también la imposibilitó de concebir vida en su útero. Más tarde murió renga: le amputaron una de sus piernas por padecer Grangena.


Dibujo "Accidente" (1926), Frida Kahlo define así el accidente que la dejó inválida de por vida

Desfallecida quedó en una cama en la que empezó a pintar autorretratos. ¿Qué pasa entonces con estos autorretratos? ¿Son los mismos en que el artista plasma lo más bello de su rostro? Definitivamente no. Frida va a mostrar lo qué es en los retratos: una inválida. Va a denunciar las infidelidades de su marido (Diego Rivera, también famoso pintor mexicano) además de petrificar el dolor físico ocasionado por su parálisis corporal y el del corazón, por ser de condición infertil.

Su cara y cuerpo plasmado en la tela, sin embargo, pierden el sentido superficial. La obra de la pintora mexicana fue considerada surrealista por el propio Bretón, esto por la abundancia de elementos oníricos (además de yuxtaposición de imágenes en la tela) que hacen de la imagen un fuerte retrato de dolencias, de vacíos sentimentales y repetitivos encontrones “cara a cara” con la muerte.

Frida, de carne y hueso, nunca mostró “descompostura en su postura”. Vistió para todas las ocasiones el traje tradicional mexicano, cargó joyas precolombinas y se peinó con flores y trenzas.

Pareciera ser que Frida se pinta a ella porque es lo único que ve, lo único que la vida le ha dado para mirar y adorar. Quizás. La pintura es su lucha, es su forma de vivir, es la manera que tiene para mostrarse al mundo. No puede de otra forma.

Se dice que la Kahlo se pintaba frente a un espejo y nunca lo dejaba. Miraba su rostro todo el tiempo (ella fue su única modelo) y sin embargo nunca fue vanidosa.
Frida nunca fue narcisista.

sábado, 30 de diciembre de 2006

"Ojos que no ven, corazón que sí siente"


Abrió los ojos de golpe cinco segundos antes de que el despertador comenzara con su tintineo. No alcanzaron a sonar tres pitidos y con un movimiento brusco acalló el sonido. Una corriente de frío se le posó en el cuerpo. La recorrió por los hombros y la espalda, hasta fugarse en un escalofrío que la sacudió entera. Lanzó el cubrecama lejos y se sentó al borde de la cama. Vestía aún el strapless y la falda de fiesta.
Se paró rápidamente y sintió un horrible dolor de cabeza. Tenía la sensación de que todo el palpito de su cuerpo se había concentrado en su cabeza, y que de a poco los huesos del cráneo se le apretaban, cada vez más y más. Tragó saliva, con cierta dificultad, para mojar su boca por dentro y caminó hacia el baño. Frente al espejo no se reconoció. El rimel de los ojos se había derretido a tal nivel bajo sus párpados, que había alcanzado los pómulos y el rojo de sus labios se había desparramado por los bordes de su boca. Abrió la llave y comenzó a tomar agua con las manos desconsideradamente, tomaba y tomaba, sin que el líquido lograra saciar su sed. Tomó agua hasta que se le congelaron los dientes y lavó brusco su cara. No una, sino varias veces. Buscó una toalla y secó su rostro que estaba rojo.
Tambaleó con un dolor oprimido en el pecho hasta llegar a la pieza y se puso un polerón, que le llegaba a las rodillas, para pasar el frío. Volvió a la cama, se tapó con las frazadas y acomodó sus manos bajo la almohada, pero esta vez no pudo volver a cerrar los ojos.
Cada una de las escenas vividas la noche anterior se le posó en la cabeza como en una proyección de fotografías. No había coherencia entre ellas y ni siquiera sabía qué había sido primero o cómo y por qué todo había terminado como terminó. Contrajo los ojos e intentó poner la mente en blanco. No era tan difícil: había que imaginar cada uno de los pensamientos que se le venían a la mente, en globos aerostáticos y verlos volar por el cielo. Así con cada uno. Así con cada escena, dejarla ir con el viento. Intentó hacerlo con cada una, pero fue imposible. Quiso otra vez cerrar los ojos pero tampoco lo logró. Afuera llovía con fuerza y las gotas se deshacían en la ventana como lágrimas en un rostro seco.

Qué hice, por qué, qué hice, no puedo seguir con esto, qué hice, qué hice”, pensó apretando los puños. Pudo recrear perfectamente el susurro ronco del sujeto cuando le hablaba despacio por el hombro.
El tintineo del despertador en pausa, que volvía a sonar, interrumpió su pensamiento. Diez minutos habían pasado desde que había abierto los ojos y aún no lograba hacer encajar nada de lo que había pasado. Por más que forzaba la mente para recordar, no se lograba explicar por qué y cómo había llegado a dormir, una vez más, a la cama del tipo.