martes, 30 de enero de 2007

Dedicado a la amarilla

Fue demasiado freak fue cuando la escuché.
Qué hacía yo, en ese lugar, a esa hora, en ese día, ahí. Cientos de personas recorrían el Jardín Japonés y yo era, una más, una turista más, que colgaba desde una mano una cámara de fotos y que arrugaba entre los dedos de la otra, el mapa con el recorrido del lugar.
Estaba yo mirando a los muchos que asomaban (no puedo decir narices) sus ojitos saltones y de pronto, esta señora les habla a los niños que pululaban a su lado.


-Mirén nenes a los pececitos plin, plin, plin


Espasmo de risa.
Yo, yo era la que figuraba al lado de la señora y no otra persona. Yo y sale con el plin, plin, plin.
Ni me di cuenta y ya estaba riéndome a gritos al frente de la señora.
Era yo la que se burlaba del tremendo y sincero gesto maternal que había tenido con los niños al llamar a los del agua con un plinplineo.
Era yo la que no le veía su cara de indignación frente a mi desfachatez del instante (acostumbro a reír con los ojos cerrados), y no otra persona.
Era yo y ella, frente a frente, cara a cara bordeando un lago de aguas espesas de naranjo y grisáceo. Era yo batallando con mi risa y ella con su silencio decidor.
Al agotar la carcajada y darme cuenta de la situación, simulé un ataque de tos. Plin, plin, plin, cada vez más desinflado seguía la señora sin mirar a los niños.
Cómo explicarle que no había, en ese momento, palabra que me causara más gracia que plin, plin, plin. Que aunque los pescados ya envueltos (y desenvueltos) en su extravagante integridad física me daban risa, en ese momento, en el segundo en el que ella asomaba su ronca voz del typical argentinian old-woman who has been smoking her whole life, para decir plin, plin, pececitos, podía sentir como si alguien me hiciera, sin parar, cosquillas en la planta de los pies.

Yo creo que los pececitos japoneses modulaban plon, plon, plon.
Con el círculo que se les dibuja en sus bocas, yo sólo les alcanzo a leer en los labios un lo mor ostobo sorono.

domingo, 7 de enero de 2007

Cuerpos pintados y los Pájaros de Neruda

Ayer en la noche fui a “Cuerpos pintados y los Pájaros de Neruda” en la Estación Mapocho. El espectáculo, que ya se había dado a principios de año en el Municipal, lleva muy bien puesto el nombre de ser de naturaleza multimedial: en la puesta en escena se fusionan disciplinas como la fotografía, el ballet, la música, la pintura y la literatura.

En el 2003 recuerdo haber ido a una presentación de Cuerpos Pintados en el parque Bicentenario. Por haber sido de los primeros encuentros que tuve con la fotografía, quizás no dimensioné bien en ese momento la apuesta que significó para un artista presentar, insertado en un proyecto experimental, una muestra en donde los protagonistas de la obra de arte, de carne y hueso, se presentaban desnudos en un país como Chile.

Pienso que mostrar arte concentrado en un desnudo, en un país en vía al desarrollo, debió haber sido una gran hazaña para Edwards pensando que el proyecto lo comenzó a principios de los 90. La iniciativa tiene como fin poder generar una reflexión libre de prejuicios de nuestro cuerpo humano, sin que el morbo, que se le implanta al que el foco de atención esté en desnudos, fuera invitado al evento.

Hace poco volví a ir a una exposición de cuerpos pintados, que pertenecía a la misma fundación que hoy día se mueve en campos internacionales, pero esta vez en enmarcada en un proyecto social. Éste buscaba ofrecer a personas acomplejadas con su cuerpo, la posibilidad de mostrarse por primera vez al mundo sin ataduras físicas; sus cuerpos desnudos, sin pertenecer al canon de belleza hoy definido por los medios, fueron pintados por artistas de renombre latinoamericanos. Abundaban las mujeres que sonreían sentadas sobre sus anchos abdómenes y ancianos que desfilaban contorneándose con ambas manos las arrugadas cinturas. Todos se sentían plenos y dichosos de mostrarse tal cual eran. Sentí que, sin haberme dado cuenta, el proyecto experimental de Cuerpos Pintados había alcanzado (bueno, desde hacía tiempo el despegue) una especie de firmeza invencible en su vuelo: el arte una vez más estaba al servicio de la humanidad.

El taller de Cuerpos Pintados ha buscado evolucionar a nuevas áreas. Quien quiera pintarse lo puede hacer. No hay razas, género ni estatura que pueda frenar el paso a ser pintado. Hoy día el proyecto, sin fines de lucro, ha demostrado que el cuerpo es medio de expresión para todos: no hay mejores ni peores cuerpos, sólo los hay diferentes.

Los cuerpos pintados del espectáculo de Neruda, pertenecían a los integrantes del Ballet Nacional. Sus cuerpos desnudos, eran vestidos con proyecciones de luces. No de uno sino que de miles de colores. La interpretación, sin embargo, los olvidó como seres humanos: la transformación que los casi veinte bailarines sufrieron al convertirse en pájaros, fue perfecta.


Arte de pájaros”, es un homenaje de Neruda a las aves que sobrevuelan el continente americano. La obra escrita está dividida en dos partes: Neruda dedica poemas a pajarintos que son aves reales y que todos hemos visto alguna vez (águilas, cisnes, flamencos, gaviotas) y a pajarantes (que no es la fusión de pájaro navegante) que son aves imaginarias, pájaros que el poeta ha sacado volando desde su imaginación.

Cuando Neruda da a conocer en su creación a su ave homologa, Pablo Insulidae Negra, pienso en que cada uno debería dar a conocer su ave. En el ballet el bailarín que interpretó a Neruda abrió el cielo de su escenario con “El pájaro yo” de Neruda.


Me llamo pájaro Pablo,
ave de una sola pluma,
volador de sombra clara
y de claridad confusa,
las alas no se me ven,
los oídos me retumban
cuando paso entre los árboles
o debajo de las tumbas
cual un funesto paraguaso
como una espada desnuda.

Fragmento "El pájaro yo", Neruda


Neruda dice que a él las alas no se le ven. Y a quién se le ven?

Los pájaros, disfrazados de cuerpos desnudos, que se deslizaban a solas por los recovecos del escenario lo hacían primero lento. Cuando ya se estaba formando la bandada, comenzaba el sigiloso culebreo seguido del vuelo.
El susurro de una mujer que recitaba lentamente, terminó siendo la mejor alabanza a los flamencos.


Sobre la nieve natatoria
Una larga pregunta negra.


Cisne, Pablo Neruda.

Cuando ya las aves han danzado, migran a conquistar nuevos aires y el poeta de despide de ellas.


“Poeta provinciano,
pajarero,
vengo y voy por el mundo,
desarmado,
sin otrosí,
silbando,
sometido al sol y su certeza,
a la lluvia, a su idioma de violín,
a la sílaba fría de la ráfaga.

Sí sí sí sí sí sí,
soy un desesperado pajarero,
no puedo corregirme
y aunque no me conviden los pájaros a la enramada,
al cielo
o al océano,
a su conversación, a su banquete,
yo me invito a mí mismo
y los acecho sin prejuicio ninguno.

(…)

Yo, poeta popular,
provinciano, pajarero,
fui por el mundo buscando la vida:
pájaro a pájaro conocí la tierra:
reconocí donde volaba el fuego:
la precipitación de la energía y mi desinterés quedó premiado
porque aunque nadie me pagó por eso
recibí aquellas alas en el alma
y la inmovilidad no me detuvo.

El poeta se despide de los pájaros, Pablo Neruda, de “Arte de pájaros”

martes, 2 de enero de 2007

Retratos que no queremos ver

Según cuenta la mitología griega, Narciso estaba enamorado de su rostro. El joven iba todos los días a mirar su reflejo a las aguas claras de un lago. Fue tanta la obsesión por sí mismo que un día intentó besarse y cayó al lago. Murió ahogado bajo aguas profundas.

Se considera narcisista a quien tiene una sobrevaloración personal. Un narcisista es necesariamente ególatra y que no sólo cosecha, día a día, una inmensa veneración personal, sino que además está constantemente subestimando al resto. Se cree grandioso y superior.

En “El retrato de Dorian Gray”, Oscar Wilde teje su novela en base al narcisismo y a las secuelas que este trastorno, puede acarrear en la vida del hombre.
Dice la historia que Dorian Gray llegó a ser tan vanidoso que le pide a un pintor que le haga un retrato para poder observarse a tiempo completo. ¿Por qué no mejor mirarse en el espejo o en el agua como Narciso? No, Gray quiere verse siempre joven y atractivo: desea dejar estampado en la tela, la belleza de quien es joven.
En el desenlace de la obra, el cuadro cobra vida y empieza a tragarse cada una de las actitudes perversas del hombre; mientras la tela comienza a tornarse sombría y sucia, Gray, en vivo y en directo, se mantiene bello y joven. Olvida, sin embargo, que las pasiones también podían quedar atrapadas en el lienzo, (el hombre sin pasiones no puede vivir) y es así como la arrogancia y la soberbia terminan pasándole la cuenta.

La historia de Dorian Gray toca el tema de la vanidad. El joven posee una inmensa admiración de lo exterior, de lo frívolo, a tal punto de superponer lo superficial frente a los sentimientos.


Es fácil entonces imaginar que todos los autorretratos deben estar cargados de un cierto narcisismo. Algo así como una auto veneración crónica. ¿Por qué reducir el arte a mi rostro? El arte está para crear. Recrear lo visible y lo invisible. Gray al menos es indiferente al mundo y a la naturaleza que lo rodea. Pero no. No siempre es así. No todos los artistas que han pintado su rostro han buscado la exaltación del “súper yo”. Frida Kahlo y la tragedia personal en sus cuadros constituye una excepción.

La vida de la Kahlo está rociada de duros y tristes episodios. Luchadora por la causa social de su México querido y militante del partido comunista del mismo país, dedicó casi toda su vida artística a la elaboración de autorretratos. Pero no como los de Dorian Gray (bellos, agraciados y tremendamente armoniosos): Frida Kahlo acentuó los bellos de su bigote y entrecejo en una mirada propia tosca y fría, y mostró al mundo el gran sufrimiento que le significó la postración vitalicia que tuvo en su cama.

En su corta vida resistió graves accidentes que le significaron cirugías y lesiones de por vida. Cuenta su biografía que la primera enfermedad que sufrió le dejó la pierna derecha más delgada que la izquierda. Como si fuera poco, años más tarde un accidente en el autobús en el que viajaba, la dejó no sólo con lesiones en las costillas, los hombros, la clavícula y la pelvis, sino que también la imposibilitó de concebir vida en su útero. Más tarde murió renga: le amputaron una de sus piernas por padecer Grangena.


Dibujo "Accidente" (1926), Frida Kahlo define así el accidente que la dejó inválida de por vida

Desfallecida quedó en una cama en la que empezó a pintar autorretratos. ¿Qué pasa entonces con estos autorretratos? ¿Son los mismos en que el artista plasma lo más bello de su rostro? Definitivamente no. Frida va a mostrar lo qué es en los retratos: una inválida. Va a denunciar las infidelidades de su marido (Diego Rivera, también famoso pintor mexicano) además de petrificar el dolor físico ocasionado por su parálisis corporal y el del corazón, por ser de condición infertil.

Su cara y cuerpo plasmado en la tela, sin embargo, pierden el sentido superficial. La obra de la pintora mexicana fue considerada surrealista por el propio Bretón, esto por la abundancia de elementos oníricos (además de yuxtaposición de imágenes en la tela) que hacen de la imagen un fuerte retrato de dolencias, de vacíos sentimentales y repetitivos encontrones “cara a cara” con la muerte.

Frida, de carne y hueso, nunca mostró “descompostura en su postura”. Vistió para todas las ocasiones el traje tradicional mexicano, cargó joyas precolombinas y se peinó con flores y trenzas.

Pareciera ser que Frida se pinta a ella porque es lo único que ve, lo único que la vida le ha dado para mirar y adorar. Quizás. La pintura es su lucha, es su forma de vivir, es la manera que tiene para mostrarse al mundo. No puede de otra forma.

Se dice que la Kahlo se pintaba frente a un espejo y nunca lo dejaba. Miraba su rostro todo el tiempo (ella fue su única modelo) y sin embargo nunca fue vanidosa.
Frida nunca fue narcisista.

sábado, 30 de diciembre de 2006

"Ojos que no ven, corazón que sí siente"


Abrió los ojos de golpe cinco segundos antes de que el despertador comenzara con su tintineo. No alcanzaron a sonar tres pitidos y con un movimiento brusco acalló el sonido. Una corriente de frío se le posó en el cuerpo. La recorrió por los hombros y la espalda, hasta fugarse en un escalofrío que la sacudió entera. Lanzó el cubrecama lejos y se sentó al borde de la cama. Vestía aún el strapless y la falda de fiesta.
Se paró rápidamente y sintió un horrible dolor de cabeza. Tenía la sensación de que todo el palpito de su cuerpo se había concentrado en su cabeza, y que de a poco los huesos del cráneo se le apretaban, cada vez más y más. Tragó saliva, con cierta dificultad, para mojar su boca por dentro y caminó hacia el baño. Frente al espejo no se reconoció. El rimel de los ojos se había derretido a tal nivel bajo sus párpados, que había alcanzado los pómulos y el rojo de sus labios se había desparramado por los bordes de su boca. Abrió la llave y comenzó a tomar agua con las manos desconsideradamente, tomaba y tomaba, sin que el líquido lograra saciar su sed. Tomó agua hasta que se le congelaron los dientes y lavó brusco su cara. No una, sino varias veces. Buscó una toalla y secó su rostro que estaba rojo.
Tambaleó con un dolor oprimido en el pecho hasta llegar a la pieza y se puso un polerón, que le llegaba a las rodillas, para pasar el frío. Volvió a la cama, se tapó con las frazadas y acomodó sus manos bajo la almohada, pero esta vez no pudo volver a cerrar los ojos.
Cada una de las escenas vividas la noche anterior se le posó en la cabeza como en una proyección de fotografías. No había coherencia entre ellas y ni siquiera sabía qué había sido primero o cómo y por qué todo había terminado como terminó. Contrajo los ojos e intentó poner la mente en blanco. No era tan difícil: había que imaginar cada uno de los pensamientos que se le venían a la mente, en globos aerostáticos y verlos volar por el cielo. Así con cada uno. Así con cada escena, dejarla ir con el viento. Intentó hacerlo con cada una, pero fue imposible. Quiso otra vez cerrar los ojos pero tampoco lo logró. Afuera llovía con fuerza y las gotas se deshacían en la ventana como lágrimas en un rostro seco.

Qué hice, por qué, qué hice, no puedo seguir con esto, qué hice, qué hice”, pensó apretando los puños. Pudo recrear perfectamente el susurro ronco del sujeto cuando le hablaba despacio por el hombro.
El tintineo del despertador en pausa, que volvía a sonar, interrumpió su pensamiento. Diez minutos habían pasado desde que había abierto los ojos y aún no lograba hacer encajar nada de lo que había pasado. Por más que forzaba la mente para recordar, no se lograba explicar por qué y cómo había llegado a dormir, una vez más, a la cama del tipo.

martes, 26 de diciembre de 2006

De pájaros que vuelan

Hace poco me tocó estar bajo un cielo despejadísimo, de esos que llegan a ser transparentes de lo celeste que son. De pronto, una bandada de casi cincuenta pájaros pasó volando. Lo mejor fue el vuelo sincronizado de todas y la sensación de pertenencia entre el cielo y las aves. El cielo de las aves; las aves del cielo. Con los ojos seguí hasta donde fue posible, las estelas que iban dejando en el aire. Sentí que habían interrumpido la siesta del cielo, que habían manchado el celeste con el color de sus alas y que a pesar de todo, eso le hacía bien al aire. Se libraba en el cielo, por fin, una historia: la de la vida de los que vuelan.

Pienso que somos aves en potencia. Sí, aves voladoras. Nacemos cobijadas en el nido (nicho) maternal. Nos mantienen ciegos de la parte difícil de la supervivencia en los primeros años, hasta que llega el momento, el crucial momento, de lanzarse a volar. La primera vez que ocupamos las alas, lo hacemos cerca de los padres; debe pasar un tiempo necesario antes de “arriesgarnos” a volar solos por lugares nuevos. Hay quienes están en constante ir y venir al nido, otros, precoces, se escapan antes de lo acordado y terminan con tremendos vacíos emocionales. Hay algunos que sencillamente nacen sin necesidad del nido familiar, y se elevan, sin límites, al ocaso del cielo apenas se sienten capaces de hacerlo. Creo que, como humanos, buscamos instintivamente la sensación de altura, o al menos la de una vista panorámica de lo que está pasando en nuestra vida. También vivimos en un constante período de migraciones (que no tiene que entenderse como un viaje de aquí hasta allá físico, sino más bien la sensación de cambio, del renovar del aire). La migración es atemporal, y a pesar de que algunas estaciones del año influyan en las historias de las personas, creo que este desplazamiento es personal y es una de las maravillas del ser único en el mundo y del poder ser responsable de nuestras decisiones. Lo que sí, son tremendamente necesarias para vivir, no se puede vivir sin migraciones.
Pienso que hay aves que mantienen el vuelo constante, sereno y silencioso. Otras, en cambio, disfrutan con el viaje atronador y vertiginoso; las últimas oscilan entre movimientos bruscos y acelerados, pero no sin después retomar el vuelo tranquilo. No soy quién, sólo un ave más, para poder enjuiciar el vuelo de las personas. Cada uno sabrá que atenerse a las características de su cielo.

En literatura, la metáfora de las aves y su vuelo, es imagen más que recurrente. Basta poner de ejemplo a “Alsino” de Pedro Prado, novela chilena criollista, en la que se cuenta la historia de un joven campesino que después de intentar varias veces volar, hincado desde las ramas de un árbol, le crecen finalmente alas en la espalda. El chico, empieza desde ese momento a volar, alcanzando tanto el goce en la altura, como el miedo y terror en las caídas. Las alas en Alsino, no tienen un valor positivo o negativo, son sólo partes nuevas en su cuerpo.

Todo es diferente con Huidobro y su obra maestra: “Altazor o el viaje en paracaídas”. Altazor está dividido en sólo 7 cantos que suenan pocos para la tremenda serie de reflexiones que hay en su interior. En el prefacio existe una divinización de Altazor (Altazor es Dios), en los otros cantos se dan alabanzas a la mujer (papel interpretado por su amada), así como a medida que avanza el poema, el lenguaje comienza paulatinamente a desfigurarse terminando con unas últimas palabras que son inventadas por Huidobro.
En Altazor (término inventado por Huidobro) (para algunos críticos, nombre inventado para un ave ficticia), el tema es el vuelo del poeta, la aptitud que tiene un auténtico creador de arte de aventurarse en las alturas, sobre (encima) todo lo que habita en la tierra.
Huidobro intenta explicar que es el don de poder expresar todo por medio del lenguaje, lo que da la sensación de vuelo vertiginoso que define al verdadero poeta y que le permite estar en un constante estado de inspiración. Según Altazor, todo auténtico artista no tiene límites para volar.

“El pájaro tralalí canta en las ramas de mi cerebro
Porque encontró la clave del eterfinifrete
Rotundo como el unipacio y el espaverso

Uiu uiui
Tralalí tralaláAia
ai ai aaia i i”

Canto V, Altazor

Se hace difícil comparar ambas obras por pertenecer a una lógica muy diferente (Huidobro y el creacionismo; Prado y el realismo). Además las dos chocan en la percepción de lo que es vuelo: en la primera el poder ocupar alas significa para Alsino, poder abrir por primera vez los ojos y así poder saborear el gusto de la vida. No obstante, este nuevo placer no acarrea plena felicidad: Alsino termina cargando, como una gran vergüenza, sus alas.
En la segunda en cambio, felicidad y realización personal son las consignas del vuelo en Altazor. En el viaje en paracaídas se cae o se eleva (también se habla del “parasubidas”), en aras de alcanzar una felicidad bipolar (vivir para morir o morir para vivir).
Lo que sin duda es indiscutible en ambas obras, es la utilización del cielo, y del vuelo con sus respectivos atavíos (alas, satélites, paracaídas, etc.) para dar forma a la metáfora de vivir.

Hace poco, cuando estaba bajo el cielo celeste, y las aves se fueron volando, sentí unas ganas tremendas de poder irme con ellas. Hay veces en que lo hago, mientras sueño, y la sensación es rara, porque no tiene nada de emocionante: incluso es hasta familiar, volar. Y quizás sí, en alguna otra vida fui un pájaro y pasé la vida navegando por todos los océanos del cielo.

jueves, 21 de diciembre de 2006

Tomás Munita y el tiempo presente en "Kabul"


Tomás Munita es un fotoperiodista chileno y fue premiado por el International World Press Photo 2006 (considerado si no es el más importante, uno de los más grandes festivales fotográficos en la categoría de foto reportaje). Cuesta trabajo creerlo; hoy día Munita trabaja como freelancer para el New York Times.
La colección titulada “Kabul”, que estuvo en el Bellas Artes hasta hace una semana atrás, mostró una serie de 30 fotografías captadas por el periodista en distintos lados de Kabul, Afganistán. Escombros de una ciudad y sus ciudadanos “perdidos en el tiempo”, eran los motivos recurrentes en las imágenes.


Quizás la frase “perdidos en el tiempo” suena demasiado subjetiva, porque qué es el tiempo?, es mi tiempo el tiempo real? Los islámicos han hecho perdurar en la historia, su tradición milenaria por medio de los principios presentes en el Corán, que es la palabra de su dios Alá y que es inmutable: ellos viven igual que hace cientos de años atrás.

La muestra incluyó además una muralla repleta de rostros de afganos en tamaño postal, que según la reseña que se leía en un rincón de la pared, coincidían en ser caras de anónimos que quisieron, por su voluntad, dejarse fotografiar por Munita. Cientos de ojos de fuego, muchos de ellos manchados por la arena del desierto, me observaban a la salida. Las miradas no sólo generaban sorpresa (la mayoría de los niños tenía el rostro quemado) sino que además querían decir algo. Quise interpretar ese algo, como el quiebre en la rutina de sus vidas, que significó para ellos recibir el flash de una cámara sostenida por el foreigner. Así, la gran brecha entre las culturas en encuentro, la sentí cada vez más ancha. Los afganos como fieles representantes de una cultura religiosa y un estilo de vida, frente a un fotógrafo ávido de mostrarle al mundo la forma de vida de esta comunidad. Un periodista que se escondió muchas veces (así lo decía su reseña del viaje en el museo) para captar movimientos espontáneos de los habitantes del desierto.


La diferencia entre ambas partes no es difícil imaginarla (rostros islámicos versus fotógrafo de rasgos y ojos occidentales), pero en el entrever el trabajo fotográfico no siempre existe la reflexión.
Fue así como empecé a buscar entre las fotografías la forma de poder encontrar algo familiar entre ambas culturas y en ese momento, apareció esta foto: el pequeño afgano vendiendo relojes.
El tiempo como moderador universal en la vida de las personas. Hombres y mujeres de rostros torcidos, narices ariscas y pieles tostadas, casi todos vistiendo turbantes de colores (que todavía no existen en este lado del mundo) y Munita, que me lo imagino perfectamente, todos esclavos del paso constante del tiempo.
El tiempo como una nave con un timoneo continuo y tranquilo. El tiempo como una bestia arrasadora de la vida de las personas. El tiempo como un arma omnipresente. El tiempo enjaulado en un reloj. Y bueno, ya está dicho y no queda otra que aceptarlo: los relojes nunca duermen.

martes, 19 de diciembre de 2006

A propósito de polos opuestos: Heráclito versus Parménides

Para Heráclito nada permanece en el mundo. Qué quiere decir entonces: todas las cosas en el mundo están en un constante ir y venir: en un devenir. No hay forma de estancarlas en nada.

Este cosmos, uno mismo para todos los seres, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre ha sido, es y será fuego eternamente viviente, que se enciende según medidas y se apaga según medidas”

Heráclito recalca que todo lo que pueda sostenerse sobre un algo es falso, ya que como ser-en-el-mundo estamos en un constante proceso de cambios.

“No hay manera de bañarse dos veces en el mismo río; que las cosas se disipan y de nuevo se reúnen, van hacia ser y se alejan de ser”

Heráclito dice que la realidad es algo múltiple y cambiante. El mundo, de esta forma, es uno solo, pero en movimiento.

“Una y la misma cosa son: viviente y muerto, despierto y dormido, joven y viejo; sólo que al invertirse unas cosas, resultan otras, y a su vez al invertirse esas otras, resultan otras”

Parménides, desde la otra orilla, dice que “lo que es no puede dejar de ser, ya que dejar de ser, es convertirse en no-ser”. El ser entonces es sólo uno, pero éste es inmóvil.

En el poema de Parménides, Proemio, existen dos formas de actuar en la vida, sin embargo sólo una para alcanzar la verdad (felicidad máxima). La primera forma es la del camino de la luz en donde todo lo que es, siempre es, o sea, nunca cambia. Parménides habla de la inmovilidad del hombre en la vida como forma de alcanzar la verdad. Si el hombre decide la otra forma y no toma este camino, es decir, se aleja de él, se encontrará con un mundo confuso que se desvía de la verdad. Ahora lo interesante es detenerse y pensar, ¿por qué extremo dejarme llevar? Para Parménides, el camino que debemos seguir está siendo guiado por la razón, por mi verdad; el confuso entonces es el de los sentidos.

Proemio de Parménides
IX
Preciso es, pues, ahora
Que conozcas todas las cosas:
De la verdad,
Tan bellamente circular, la inconmovible entraña
Tanto como opiniones de mortales
En quien fe verdadera no descansa.
Has de aprender, con todo, aún estás,
Porque el que todo debe investigar
Y de toda manera preciso
Es que conozca la aún la propia apariencia en pareceres

XI
El ente debe ser y, no debe no ser.
Esta senda es de confianza,
Pues la verdad sigue.


Ahora la pregunta es: ¿cómo comprender el mundo sin cambios y con la razón como suprema ante los sentidos?, pero si no es así, ¿cómo sembrar raíces al suelo de una verdad si el viento puede escabullirse en la tierra?