No lo he vuelto a ver, no. Estoy segura. Y no sé si me gustaría volver a verlo. A veces me imagino sus ojos en los ojos de otro e intento pedirle perdón, intento pedirle una segunda oportunidad, decirle que sí, que fui una idiota al hacerlo sentir como -supongo- lo hice sentir. Aún así no sé si siento culpa. No, no creo. No, eso nunca. Qué más da. Lo más probable es que no lo vuelva a ver y qué más da. Está lleno de ojos en todas partes. Llenísimo. De miradas que quieren hablar, que hablan, que se escuchan entre ellas. Quizás lo vuelva a ver y pueda volver a sostener mis ojos con los suyos y continuar la conversación. “Hola”, “Hola, tú otra vez”, “Sí”, “¿Conversemos una vez más?”, “No”.
jueves, 26 de julio de 2007
Hay caras que nunca se olvidan
No lo he vuelto a ver, no. Estoy segura. Y no sé si me gustaría volver a verlo. A veces me imagino sus ojos en los ojos de otro e intento pedirle perdón, intento pedirle una segunda oportunidad, decirle que sí, que fui una idiota al hacerlo sentir como -supongo- lo hice sentir. Aún así no sé si siento culpa. No, no creo. No, eso nunca. Qué más da. Lo más probable es que no lo vuelva a ver y qué más da. Está lleno de ojos en todas partes. Llenísimo. De miradas que quieren hablar, que hablan, que se escuchan entre ellas. Quizás lo vuelva a ver y pueda volver a sostener mis ojos con los suyos y continuar la conversación. “Hola”, “Hola, tú otra vez”, “Sí”, “¿Conversemos una vez más?”, “No”.
jueves, 19 de julio de 2007
Tomando/perdiendo el control
Sé perfectamente el lugar en donde aprendí a andar sin rueditas; camino y paso todos los días por ahí. Hoy día, caminando por ahí, puedo verme a mí misma arriba de la bicicleta, chillando de felicidad, cargando piñas de eucalipto en mi canastilla delantera y apretando fuerte una bocina que sonaba como corneta de cumpleaños. Luego me veo a mí misma ideando, desde el momento en que me subo a la bicicleta, la manera de frenar al borde de la vereda para poder terminar el viaje sin rodillas rasmilladas que lamentar.
Cuando intento mentalizarme desde «mí misma» en esa “primera vez”, en quien era yo a los seis, siete años, tengo la sensación de que en este terreno del que hablo, nacían de la nada montículos empinados y que era muy difícil llegar, llegar, llegar arriba y luego bajar sin perder el equilibrio; llegar, llegar, llegar y luego bajar. Tengo la sensación de haber andado a gran velocidad, esquivando pendientes muy altas, disfrutando y sufriendo a la vez; disfrutando de la emoción que era tener el control de mi cuerpo en el aire, sufriendo por haber alcanzado este mismo control por primera vez, por ya no poder contar con el auxilio de las rueditas a los lados, por tener que aceptar que el viaje en bicicleta iba a depender de mi adiestramiento del manubrio y de nada ni nadie más.
Es raro, lo de las dos versiones, obviamente influye mi edad y mi visión del mundo desde el metro y treinta centímetros que debo haber medido. También influye tanto el desgaste de la memoria como el haber visto, en el mismo lugar, a otras pequeñitas dando su primer paseo en bicicleta y confundir historias y versiones en estos últimos años.
Mi primera experiencia en un auto fue dramática, muy dramática. La primera vez que lo eché a andar, lo hice en reversa y sin saber diferenciar el embriague, del freno, del acelerador. Craso error: En el momento en que debí frenar, aceleré. Dos segundos después de haber puesto la reversa, yo estaba incrustada en el tronco del árbol del vecino. Minutos después de salir del auto, dije (con todos los vecinos de la cuadra llevándose la mano a la boca), tenía como 14 años, que no, que nunca más me iría subir a un auto, que “era mucho el control que tenía de mi vida arriba de un auto”. Recuerdo haber dicho estas palabras en la cocina de mi casa dirigiéndome a todos los que estaban ahí ese día, con mis tías abuelas halagando lo que yo decía con sonrisas tiesas, mirándome con cara de “qué hace esta mocosita hablando de la vida”. Luego vuelvo al momento en el que estaba arriba del auto, en el que ni siquiera el adiestramiento de un manubrio que alcancé después de hartos años de haber andado en bicicleta, me servía para evitar el accidente, en el que sentí el fuerte impacto del árbol con la maleta del auto, en el que incluso segundos después de que el motor se parara, no podía despegar mis manos del manubrio.
Hace poco también tuve un accidente, mucho más grande eso sí. Perdí el control del auto por sesenta metros a más de 80k/h y experimenté la misma sensación que las otras veces. El manubrio, supuestamente el eje conductor, el principal eje conductor del auto ya no conducía nada, se disparaba para todos lados y mi vida ya no dependía de mí, de mis decisiones, de mis experiencias de vida, de mi experiencia en el manejo. Mi vida pasaba como en una proyección de data show y el tiempo, adentro del auto, se detenía. El tiempo se detenía en el momento en el que mi vida se transformaba en una marioneta del destino, en el que me aferraba con todas mis fuerzas a un manubrio que ya no servía, en el que apretaba las dientes, en el que contraía el cuello, en el que el corazón golpeaba contra mi pecho y respiraba rápido, en el que sólo suplicaba. En el que sólo suplicaba que el auto frenara, que fuera frenando hasta llegar al borde de la vereda y así, poder bajarme tranquilamente, tocar la tierra fime con mis pies, terminar el viaje sin -mucho más que- un par de rodillas rasmilladas que lamentar.
Quizás la vida se reducía a eso, pensé en ese momento y aún lo pienso. A no confiarse en que siempre vamos a tener el control del manubrio, a que el precio de la libertad es caro pero que hay que saber pagarlo. Que hay que estar preparado a que los frenos a veces no frenen, a que el manubrio no siempre se pueda maniobrar y a que, aunque sea extremadamente difícil, hay que sacarle las rueditas a la bicicleta para aventurarse a vivir, a vivir de verdad.

sábado, 14 de julio de 2007
No a la planta de gas
Quisiera mostrarles una verdad que está afectando a un tremendo grupo de personas, una verdad que apenas puede conseguirse un pie de página en un diario de difusión nacional y que, pienso, necesita de manera urgente empezar a conocerse. Creo que este es un problema que nos afecta directamente a todos, como ciudadanos, como defensores de no sólo nuestro entorno natural sino que además de la vida de cientos de personas.
La historia que les cuento es acerca de la posible (¡ahora más que nunca!) construcción de la planta de gas propano en la comuna de Peñalolén. Para los que estén interesados en profundizar acerca de la noticia, existe un sitio web (www.noalaplantadegas.org) preparado por los vecinos de Peñalolén.
Cuando lo que hay en el aire no es tan transparente.
En su estudio de impacto, Metrogas no incluiría el riesgo de una eventual explosión de los camiones, porque la empresa externalizaría el servicio. «Si un camión explota, vamos a tener que ir a hablar directamente con “Juanito Pérez”, el chofer, para pedirle explicaciones por vidas que haya que lamentar», asegura Pla.
Furlan trabaja hace tres años en los terrenos en donde se construiría la planta. Es el mentor de "Cantalao Cordillera", un proyecto que pretende crear un Centro de Educación Ambiental para niños en plena precordillera. El proyecto, que en un principio usaría 642 hectáreas, hace un mes sufrió una repentina modificación. «Cuando se firmó el acuerdo, nos dimos cuenta que a Cantalao le habían restado dos hectáreas —cuenta el ecologista—. Dos hectáreas que le habían sido entregadas a Metrogas», agrega.
Que los niños que asisten a clases de educación ambiental tengan a metros de la sala una planta de gas, no sería la única contradicción: el acceso a Metrogas y a "Cantalao Cordillera" también sería el mismo, señala Furlan. Elizabeth Caneloa, presidenta de la Unión Comunal, agrega: «Es una inconsecuencia que la Corema acepte en un mes dos proyectos incompatibles entre sí».
Tras los sucesivos cortes del gas desde Argentina, Juan Meriche, asistente ejecutivo del subsecretario general de la Comisión Nacional de Energía, afirma que es urgente la construcción de una planta de respaldo. Aún así, no toma responsabilidad alguna del tema por parte del organismo al que representa. «Más allá de dónde se instale, nos preocupa que exista —afirma rehusando a contestar las preguntas referidas a la planta—. La Corema es la que toma la decisión, no nosotros».
Según Furlan, en la reunión en donde la Corema (Comisión Regional del Medio Ambiente) aprobó la puesta en marcha del cincuenta por ciento del proyecto, habría quedado clara la parcialidad del Gobierno frente al tema. El ecologista recuerda que en la oportunidad la intendenta estaba muy nerviosa. Los primeros cuatro votos fueron en contra: El quinto fue el de ella. «Levantó la mano y dijo que estaba a favor. Luego pidió voto a mano alzada para el resto». No por casualidad, explica el dirigente de Greenpeace, los doce votos restantes habrían estado a favor.
En la acalorada reunión ocurrió otro suceso particular, rememora la concejal. Un error de la secretaria hizo que Metrogas se viera obligado a escribir una nueva acta. En el documento, saldo de la reunión, se aceptaba la construcción de estanques de gas —de la que ni se habría hablado— durante la primera fase del proyecto. La Contraloría, que ya tiene la nueva acta, debe revisarla y emitir, en el próximo mes, el sí o no definitivo a la propuesta de Metrogas.
Edgardo Gómez cuenta cómo se enteró de la construcción de la planta: «En plena reunión de vecinos, llegaron los tipos de Metrogas a mostrar el proyecto, seguros que no habría oposición”. El general del ejército en retiro cuenta que llegó a vivir el año 2000 al Club de Campo Sur, el condominio que queda más cerca de la planta. «¡Nada!, ¡ningún indicio de nada!. A nosotros se nos vendió un terreno, de frente y de espaldas, ubicado en una zona de naturaleza protegida», señala. Si la planta se aprueba, el lugar en donde vive se convertirá en el corazón de una zona industrial. Gómez dice estar asustado junto a su esposa y su hijo. «Tenemos una bomba de tiempo encima. El miedo más grande es la inminente muerte de mi familia, a cada rato», dice.
Paralelamente, Metrogas no da declaraciones del tema. Carlos Cortés, portavoz de la Asociación del Gas Natural, tampoco da información al respecto. Luego agrega: «Como gremio, no nos pronunciamos sobre iniciativas concretas de las empresas de la Asociación». La Corema señaló que no se pronunciaría respecto al tema por el momento por aún encontrarse la discusión en boga y, en cambio, aseguró que la vocería la podía ejercer la Conama (Comisión Nacional del Medio Ambiente). Annie Kutscher, encargada del área de comunicaciones de la Conama, dice que su portavoz oficial no iba a acceder a una entrevista.
La concejal, el ecologista y el residente coinciden en algo: que la planta se construya en Peñalolén, y no en cualquier otra comuna, se debe a una razón económica y a una política. Económica porque, según Gómez, «les sale unas lucas menos». Pla explica que en Peñalolén ya hay camino habilitado para los camiones —no habría que pavimentar la ruta— por lo tanto nadie se “metería la mano al bolsillo”. Política, dice la concejal, porque en el sector oriente existe mayor presión por parte de los residentes.
El ecologista luego agrega que más preocupante que lo último, es la “vista gorda” que estaría haciendo del problema la Corema. Mientras camina por el terreno en el que, una vez aprobado el cien por ciento del proyecto, se levantaría la planta, un grupo de hombres que realiza estudios de topografía, da vueltas por el lugar. «Nivelar, cercar, es lo único que pueden hacer estos gallos por ahora», dice fuerte como advirtiendo a los topógrafos que él aún no se ha dado por vencido. Luego llega hasta la orilla de la quebrada que ha sido cercada con un alambre de púas. Se detiene frente a una panorámica de los condominios de Peñalolén Alto y continúa: «El gas no se ve. En caso de una fuga, empieza a bajar sin que nadie se dé cuenta». De pronto saca un encendedor, lo prende y señala: «Una llamita así de fina y…».
Ecocentro ambiental Proyecto «Cantalao Cordillera»
Vista panóramica de los condominios de Peñalolén Alto desde la quebrada
viernes, 15 de junio de 2007
Parecidos con la realidad: ¿mera casualidad?
Y tiene sentido lo de las narraciones con cierto aire a «realidad real». Nadie pareciera creerse tanto el «mero parecido con la realidad» cuando las situaciones retratadas en una ficción pueden ser ciertamente comprobables, responden de manera fiel a un hecho que alguien escuchó, que alguien vivió, que alguien puede salir a comprobar. García Márquez además habla de lo que pasa viceversa. Cuando a una «no ficción» se le escapa un detalle, un minúsculo detalle que se aleja de la verdadera calidad de la experiencia, tenemos como resultado un relato deficiente, una farsa ficcional que ha querido engañar a un lector ingenuo. Una información que no calce con la noticia que estoy leyendo —supongamos que yo soy el que sé más del tema—, y tiro por la borda todo el asunto del que me están contando. Yo por lo menos no sé si le vuelvo a creer a una persona que me miente una vez: para la segunda vez que intente hacerlo voy a estar con los sentidos más alerta.
Y relacionado con las propias creaciones, Rosa Montero ya lo había considerado en una contratapa de uno de sus libros: «Toda autobiografía es ficcional y toda ficción autobiografíca». Podríamos congelar esta frase y empezar a comprobarla en los diálogos que diariamente mantenemos con el círculo de personas que nos rodea. ¿Quién nunca ha aliñado de coincidencias, de un poquito de patetismo algunas historias personales? o así mismo… ¿quién nunca ha convertido vivencias personales a tercera personal singular y las ha lanzado como historias increíbles, de fabulosa imaginación al papel? A lo menos una vez que sea, muchos lo hemos hecho. Y no se trata de ser aquí mitómanos, se trata de simplemente aceptar que al interior de cada persona habita un mundo maravilloso, un mundo paralelo al terrenal, un mundo donde las ficciones pueden transformarse en realidad. ¿y por qué no?
Pienso que es tarea de cada uno aprender a apreciar ese propio e irreal mundo interior y el de los demás.
lunes, 28 de mayo de 2007
Por la lengua muere el pez
viernes, 18 de mayo de 2007
El espectador dentro del cuadro
Cada receptor que se enfrenta a una escena retratada en un cuadro, pienso, se hace partícipe de ella en el lugar que el artista ha elegido para él. Desde el ángulo que el pintor ha dispuesto, ha reservado para él. Hay veces en que la posición asignada al espectador es tremendamente explícita. Algunos pintores hasta nos han dibujado el rostro, nos han puesto edad, nos han trazado una expresión en la cara. Es explícito, por ejemplo, en el lienzo «Bar del Folies-Bergere» de Manet. Nosotros somos el hombre barbudo y de sombrero que se acerca a pedirle algo a la mesera. Nosotros nos vemos en el reflejo del espejo que está por detrás del mostrador.
Hay cuadros menos explícitos. Nadie puede asegurarnos, que sí, que nosotros también estamos retratados dentro de él. Es el caso de «Las meninas» de Velásquez. Si uno no descubre a Velásquez, ahí mismo dentro del cuadro, es muy difícil imaginarse que el artista está pintando una escena sacada del reflejo de un espejo. Piensen cómo uno podría pintar lo que está pasando a nuestras espaldas. Fácil: con un enorme espejo apostado frente a nosotros. Eso es lo que hace Velásquez. Analizando el cuadro, teniendo en cuenta lo último, podemos encontrarnos, descubrirnos en el lienzo. Sí, nosotros aparecemos dentro del lienzo. Nosotros somos las dos personas que se muestran en un espejo al fondo del salón. Que observan la escena que a la vez está siendo reflejada y que a la misma vez está siendo retratada.
Siempre me ha causado cierta intriga «Muchacha en la ventana» de Dalí. La mujer que observa con ensimismada calma lo que está sucediendo desde la ventana hacia fuera, ofrece visualmente al espectador del cuadro su espalda. Dalí sin embargo logra mucho más que eso. Personalmente siento que sin ofrecernos directamente el paisaje, el temple del mar, del cielo, sí nos hace partícipes de las sensaciones de la mujer en ese momento. Yo por lo menos me logro situar en el lugar, puedo sentir los olores, el olor del viento, puedo escuchar el probable ruido del agua en el mar.

Es la sensación de compenetrarse a tal punto con la mujer que está dándonos la espalda, que terminamos siendo nosotros y no ella la que mira desde la ventana hacia afuera. Yo por lo menos me olvido de su cuerpo apoyado en la ventana. Soy yo y no ella la que se apoya sobre un borde. Y puedo ver el mar. Desde la misma ventana.
sábado, 5 de mayo de 2007
Todas podemos ser «majas»


A principios de siglo diecinueve, Francisco de Goya pintó al más famoso par de mujeres que existe actualmente en la pintura a nivel universal: «La maja desnuda y la maja vestida». Ambas cobran especial misticismo sabiendo que, recién pintadas, no recibieron el nombre de «Majas» sino que de «Gitanas», y que después de cien años de haber estado escondidas, censuradas en uno de los salones del antiguo palacio de un duque español, alguien les hubiese cambiado el nombre así como así no más.
La Iglesia Católica española —la más ortodoxa de todas—, en ese momento era omnipresente y no aceptaría una desfachatez como esa, menos venida de un artista que en esos años cobraba gran fama por ser pionero en promover el romanticismo —antes del neoclasicismo— en la pintura. Se dice que Goya para pintar a las majas se inspiró en «La Venus del espejo» de Velásquez, el pintor español barroco por excelencia.
Ahora, pensemos en el canon renacentista establecido en las artes en el que se exageran rasgos grecorromanos (aún muy latente a principios de siglo diecinueve con un fuerte Neoclasicismo presente en las artes): en él, el desnudo de mujeres es absolutamente legítimo. Existe una teoría de inmensa proporcionalidad en los cuerpos femeninos, que en artistas vanguardistas como Rembrandt —también exponente del barroco— será despedazada: el cuerpo de una mujer al estilo «El hombre de Vitruvio» de Da Vinci, está obsoleto. Rembrandt se ríe de la famosa «razón áurea» tan manoseada por los griegos. No hay que olvidar que el artista holandés pintó sobretodo a mujeres de grandes bustos con blancas y generosas barrigas. Aquí hay que tener ojo. ¿Por qué Rembrandt no causó la explosión de críticas que sí causó Goya dos siglos después? Porque no hay ningún desnudo provocativo en Rembrandt, porque no casualmente la mayoría de las escenas retratadas en las que aparece un cuerpo femenino desnudo, han sido extraídas de pasajes bíblicos. Es el caso de «Betsabé en el baño», el lienzo que fue pintado en 1654 y en el que se muestra la supuesta historia de amor entre Betsabé y David. Entonces nosotros vemos, por medio de los ojos de David, a Betsabé despojada de sus ropas, en un acto absolutamente casual. Ella no ve que, mientras le lavan los pies, alguien observa su torso desnudo. Ni siquiera nos topamos con su mirada de frente.
Volviendo a «Las majas», algunos estudiosos explican esta doble existencia a través de una curiosa teoría: se dijo en su momento que Goya, al presentar sus cuadros públicamente, habría sobrepuesto la tela de la maja vestida sobre la desnuda. Quería hacerles una broma a sus auditores en medio de la exposición. Ambas habrían compartido un mismo marco, la vestida por encima, está claro. Bueno, en el segundo menos esperado, Goya le habría dicho a su público: ¡Sorpresa! Y habría presentado a la desnuda después de extraer rápidamente la tela de la maja con ropa que estaba encima.
Pero aquí no termina lo curioso. Hoy día «Las majas» se exponen en uno de los salones destinados a “Vida y obra de Francisco de Goya” en el Museo del Prado, en Madrid y a la simple vista del visitante salta un detalle no poco significativo: el rostro de la maja vestida está hecho mucho más a la rápida que el de la desnuda (porque se entiende que deberían ser iguales, ambos retratos corresponden a la misma mujer) ¿La razón? Se dice que Goya tuvo una relación sentimental secreta con la amante del Duque que le encargaba cuadros a pedido. Al saber este duque de la existencia de un retrato desnudo de su amante, pintado ni nada más ni nada menos que por su junior, se habría espantado; Goya, mientras tanto, para pasar inadvertido, habría pintado a la maja vestida rápidamente, demostrándole al duque que por ningún motivo él hubiese osado pintar a su secreta amante desnuda. He ahí la razón del rostro de la maja vestida hecho de pinceladas duras, rápidas, hechas a prisa en comparación a las de su gemela desnuda.
Y hay más intrigas en el par de cuadros. Se dice que ambos rostros están pintados encima de otros: o sea, hay dos majas prófugas en la primera capa. También se ha dicho que los rostros que vemos, están hechos a partir de muchos rostros y que, sin embargo, ambos cuerpos sólo pertenecen a una: a la mismísima esposa del duque en cuestión.
Bueno, sin duda alguna, las majas marcaron época. Y dejaron su legado. Que les costara el precio de una tremenda persecución por parte de la Inquisición no fue menor: Manet, uno de los fundadores del impresionismo, pintó a su famosa «Olimpia» (una desinhibida prostituta que está siendo lavada por una mujer de raza negra) inspirado en la maja desnuda de Goya, esto sesenta años después de pintadas las majas.

Y como si fuera poco: aún no para la resonancia de esta obra en las artes visuales. Ni siquiera hoy día, dos siglos más tarde desde su producción. La pintora chilena Elda Villena en su retrospectiva "Imágenes de Fantasía y Realidad", que está presentando en el Instituto Cultural de Providencia, sorprende a la entrada de su exposición con dos tremendos lienzos pintados en acrílico y pastel sobre tela: La «maja 1» y «la maja 2» son igualitas a las de Goya. La gran diferencia es que la pintora chilena quiso traer a la tierra, al día a día, el misticismo del par de obras: sus “majas a la chilena” sonríen, sin un toque de pudor, al receptor de la obra. Pero, siempre hay un pero, estas majas no se extienden sobre un sofá de telas aterciopeladas. Las majas de Villena viven y sobreviven sobre los resquicios de la ciudad.
Goya podría sentirse alabado. Quizás. Sus majas, absolutamente precoces en su momento, hoy día ya no son las promotoras de un sentimiento obsceno, morboso, fuera de lo éticamente aceptado en las artes canónicas de su tiempo. Al menos en los lienzos de la Villena, no. Ni siquiera hacen referencia a una mujer de fácil vivir, ni a una gitana, ni a una subversiva, ni a una revolucionaria. Según la pintora chilena, todas podemos ser «majas». Todas somos «majas». Día a día, no sin ponernos los zapatos de taco alto, caminamos por el centro, vamos a reuniones y hacemos colas para los trámites. Todas podemos ser «majas». Todas lo somos, ¿o no?
