sábado, 14 de julio de 2007

No a la planta de gas

Nunca he publicado ninguno de mis trabajos en este blog. No sé, no tengo claro por qué no me gusta hacerlo. Sin embargo hoy día haré una excepción. Y la excepción tiene un por qué. La noticia que anduve persiguiendo —bien de cerca— para el trabajo final de un ramo hace unas semanas atrás, en este minuto está empezando a tomar forma, mucha forma.
Quisiera mostrarles una verdad que está afectando a un tremendo grupo de personas, una verdad que apenas puede conseguirse un pie de página en un diario de difusión nacional y que, pienso, necesita de manera urgente empezar a conocerse. Creo que este es un problema que nos afecta directamente a todos, como ciudadanos, como defensores de no sólo nuestro entorno natural sino que además de la vida de cientos de personas.
La historia que les cuento es acerca de la posible (¡ahora más que nunca!) construcción de la planta de gas propano en la comuna de Peñalolén. Para los que estén interesados en profundizar acerca de la noticia, existe un sitio web (
www.noalaplantadegas.org) preparado por los vecinos de Peñalolén.

La nebulosa del gas
Cuando lo que hay en el aire no es tan transparente.
Por Muriel Alarcón

No se sabe si tenía o no el freno de mano puesto. El jeep, estacionado a metros de donde se construiría la planta de gas, había llevado a miembros de la Contraloría a inspeccionar, en terreno, el proyecto de Metrogas. Mientras caminaban por el lugar, el Hyundai Galloper se volcó sesenta metros cuesta abajo por un sendero ecológico. El vehículo, sin pasajeros adentro, quedó incrustado en la tierra. «No hubo heridos ni declaraciones de los que subieron», recuerda Poldi Furlan, testigo del accidente ocurrido hace un mes atrás.
Que el jeep se hubiera volcado, permite a Edgardo Gómez, vocero de los vecinos de Peñalolén, asegurar que el terreno no es apto para albergar estanques de gas. Camiones, de 22 toneladas y 16 metros de largo, subirían cada media hora por pendientes de hasta treinta grados, en pleno sector residencial, para abastecer a la planta. «Además se estacionarían casi que en el mismo lugar desde donde se cayó el jeep», añade Gómez. Y aunque Metrogas desmienta riesgos, Isabel Pla, concejal UDI de la comuna, opina todo lo contrario.

En su estudio de impacto, Metrogas no incluiría el riesgo de una eventual explosión de los camiones, porque la empresa externalizaría el servicio. «Si un camión explota, vamos a tener que ir a hablar directamente con “Juanito Pérez”, el chofer, para pedirle explicaciones por vidas que haya que lamentar», asegura Pla.

Furlan trabaja hace tres años en los terrenos en donde se construiría la planta. Es el mentor de "Cantalao Cordillera", un proyecto que pretende crear un Centro de Educación Ambiental para niños en plena precordillera. El proyecto, que en un principio usaría 642 hectáreas, hace un mes sufrió una repentina modificación. «Cuando se firmó el acuerdo, nos dimos cuenta que a Cantalao le habían restado dos hectáreas —cuenta el ecologista—. Dos hectáreas que le habían sido entregadas a Metrogas», agrega.

Que los niños que asisten a clases de educación ambiental tengan a metros de la sala una planta de gas, no sería la única contradicción: el acceso a Metrogas y a "Cantalao Cordillera" también sería el mismo, señala Furlan. Elizabeth Caneloa, presidenta de la Unión Comunal, agrega: «Es una inconsecuencia que la Corema acepte en un mes dos proyectos incompatibles entre sí».

Tras los sucesivos cortes del gas desde Argentina, Juan Meriche, asistente ejecutivo del subsecretario general de la Comisión Nacional de Energía, afirma que es urgente la construcción de una planta de respaldo. Aún así, no toma responsabilidad alguna del tema por parte del organismo al que representa. «Más allá de dónde se instale, nos preocupa que exista —afirma rehusando a contestar las preguntas referidas a la planta—. La Corema es la que toma la decisión, no nosotros».

Según Furlan, en la reunión en donde la Corema (Comisión Regional del Medio Ambiente) aprobó la puesta en marcha del cincuenta por ciento del proyecto, habría quedado clara la parcialidad del Gobierno frente al tema. El ecologista recuerda que en la oportunidad la intendenta estaba muy nerviosa. Los primeros cuatro votos fueron en contra: El quinto fue el de ella. «Levantó la mano y dijo que estaba a favor. Luego pidió voto a mano alzada para el resto». No por casualidad, explica el dirigente de Greenpeace, los doce votos restantes habrían estado a favor.

En la acalorada reunión ocurrió otro suceso particular, rememora la concejal. Un error de la secretaria hizo que Metrogas se viera obligado a escribir una nueva acta. En el documento, saldo de la reunión, se aceptaba la construcción de estanques de gas —de la que ni se habría hablado— durante la primera fase del proyecto. La Contraloría, que ya tiene la nueva acta, debe revisarla y emitir, en el próximo mes, el sí o no definitivo a la propuesta de Metrogas.

Edgardo Gómez cuenta cómo se enteró de la construcción de la planta: «En plena reunión de vecinos, llegaron los tipos de Metrogas a mostrar el proyecto, seguros que no habría oposición”. El general del ejército en retiro cuenta que llegó a vivir el año 2000 al Club de Campo Sur, el condominio que queda más cerca de la planta. «¡Nada!, ¡ningún indicio de nada!. A nosotros se nos vendió un terreno, de frente y de espaldas, ubicado en una zona de naturaleza protegida», señala. Si la planta se aprueba, el lugar en donde vive se convertirá en el corazón de una zona industrial. Gómez dice estar asustado junto a su esposa y su hijo. «Tenemos una bomba de tiempo encima. El miedo más grande es la inminente muerte de mi familia, a cada rato», dice.

Paralelamente, Metrogas no da declaraciones del tema. Carlos Cortés, portavoz de la Asociación del Gas Natural, tampoco da información al respecto. Luego agrega: «Como gremio, no nos pronunciamos sobre iniciativas concretas de las empresas de la Asociación». La Corema señaló que no se pronunciaría respecto al tema por el momento por aún encontrarse la discusión en boga y, en cambio, aseguró que la vocería la podía ejercer la Conama (Comisión Nacional del Medio Ambiente). Annie Kutscher, encargada del área de comunicaciones de la Conama, dice que su portavoz oficial no iba a acceder a una entrevista.

La concejal, el ecologista y el residente coinciden en algo: que la planta se construya en Peñalolén, y no en cualquier otra comuna, se debe a una razón económica y a una política. Económica porque, según Gómez, «les sale unas lucas menos». Pla explica que en Peñalolén ya hay camino habilitado para los camiones —no habría que pavimentar la ruta— por lo tanto nadie se “metería la mano al bolsillo”. Política, dice la concejal, porque en el sector oriente existe mayor presión por parte de los residentes.

El ecologista luego agrega que más preocupante que lo último, es la “vista gorda” que estaría haciendo del problema la Corema. Mientras camina por el terreno en el que, una vez aprobado el cien por ciento del proyecto, se levantaría la planta, un grupo de hombres que realiza estudios de topografía, da vueltas por el lugar. «Nivelar, cercar, es lo único que pueden hacer estos gallos por ahora», dice fuerte como advirtiendo a los topógrafos que él aún no se ha dado por vencido. Luego llega hasta la orilla de la quebrada que ha sido cercada con un alambre de púas. Se detiene frente a una panorámica de los condominios de Peñalolén Alto y continúa: «El gas no se ve. En caso de una fuga, empieza a bajar sin que nadie se dé cuenta». De pronto saca un encendedor, lo prende y señala: «Una llamita así de fina y…».

Vista de la cordillera desde uno de los polvorines que serían habilitados como refugios para el proyecto de educación ambiental «Cantalao Cordillera»




Ecocentro ambiental Proyecto «Cantalao Cordillera»

Vista panóramica de los condominios de Peñalolén Alto desde la quebrada

viernes, 15 de junio de 2007

Parecidos con la realidad: ¿mera casualidad?

Que una novela tenga un minúsculo parentesco con la realidad, con una «no ficción» de la que somos conocedores —incluso hasta de la que somos parte— y ya: toda la narración es verdadera, todo lo que está escrito hace alusión a una situación que alguien vivió en el mundo real. Pasa en las películas, en las teleseries, en las obras de teatro. «Cualquier evento o persona y su parecido con la realidad son mera casualidad». ¿Casualidad? Para algunos la coincidencia a esta altura pareciera estar obsoleta, pareciera ser una artimaña más a prueba de tontos. Las coincidencias no existen y punto. Lo que para unos es así de tajante, para otros en cambio forma parte de una posibilidad que no deja de ser casual: se han escrito tantas historias de ficción que es muy difícil apuntar a una que no esté ya escrita o bien, somos tantos seres humanos en la tierra que sí, es posible que nuestras historias personales anden por ahí llevándonos la delantera en algún libro que esté guardado en alguna estantería lejana (o cercana quién sabe) . Me acuerdo de Roberto Ampuero y de su teoría de vida propuesta en «Los amantes de Estocolmo». Ampuero dice que nuestras historias personales ya están publicadas en un libro y el tema no acaba ahí: nuestra misión es saber encontrarlas por medio del excesivo ejercicio de la lectura (se entiende como un leer, leer y leer en nuestra vida perpetuo). Encontrar las historias y encontrarnos a nosotros, identificar nuestro pasado, presente y futuro por medio de una ficción que alguna mente creativa modeló antes de que nosotros naciéramos. Interesante teoría, creo. Todos hemos encontrado alguna vez algún personaje de algún libro que nos ha movido un poco el piso. De algún libro o de cualquier otra ficción, de alguna película, de alguna canción, qué sé yo, que se parece excesivamente a nosotros, o al revés, al que nosotros excesivamente queremos parecernos.


Y tiene sentido lo de las narraciones con cierto aire a «realidad real». Nadie pareciera creerse tanto el «mero parecido con la realidad» cuando las situaciones retratadas en una ficción pueden ser ciertamente comprobables, responden de manera fiel a un hecho que alguien escuchó, que alguien vivió, que alguien puede salir a comprobar. García Márquez además habla de lo que pasa viceversa. Cuando a una «no ficción» se le escapa un detalle, un minúsculo detalle que se aleja de la verdadera calidad de la experiencia, tenemos como resultado un relato deficiente, una farsa ficcional que ha querido engañar a un lector ingenuo. Una información que no calce con la noticia que estoy leyendo —supongamos que yo soy el que sé más del tema—, y tiro por la borda todo el asunto del que me están contando. Yo por lo menos no sé si le vuelvo a creer a una persona que me miente una vez: para la segunda vez que intente hacerlo voy a estar con los sentidos más alerta.

Y relacionado con las propias creaciones, Rosa Montero ya lo había considerado en una contratapa de uno de sus libros: «Toda autobiografía es ficcional y toda ficción autobiografíca». Podríamos congelar esta frase y empezar a comprobarla en los diálogos que diariamente mantenemos con el círculo de personas que nos rodea. ¿Quién nunca ha aliñado de coincidencias, de un poquito de patetismo algunas historias personales? o así mismo… ¿quién nunca ha convertido vivencias personales a tercera personal singular y las ha lanzado como historias increíbles, de fabulosa imaginación al papel? A lo menos una vez que sea, muchos lo hemos hecho. Y no se trata de ser aquí mitómanos, se trata de simplemente aceptar que al interior de cada persona habita un mundo maravilloso, un mundo paralelo al terrenal, un mundo donde las ficciones pueden transformarse en realidad. ¿y por qué no?
Pienso que es tarea de cada uno aprender a apreciar ese propio e irreal mundo interior y el de los demás.

lunes, 28 de mayo de 2007

Por la lengua muere el pez

«¿Cómo justificar la presencia de Batista en el poder, al que llegó contra la voluntad del pueblo y violando por la traición y por la fuerza las leyes de la Revolución? ¿Cómo llamar revolucionario un gobierno donde se han conjugado los hombres, las ideas y los métodos más retrógrados de la vida pública? ¿Cómo considerar jurídicamente válida la alta traición de un tribunal cuya misión era defender nuestra Constitución? ¿Con qué derecho enviar a la cárcel a ciudadanos que vinieron a dar por el decoro de su patria su sangre y su vida? ¡Eso es monstruoso ante los ojos de la nación y los principios de la verdadera justicia! Pero hay una razón que nos asiste más poderosa que todas las demás: somos cubanos, y ser cubano implica un deber, no cumplirlo es un crimen y es traición. Vivimos orgullosos de la historia de nuestra patria; la aprendimos en la escuela y hemos crecido oyendo hablar de libertad, de justicia y de derechos. Se nos enseñó a venerar desde temprano el ejemplo glorioso de nuestros héroes y de nuestros mártires».
Fragmento de «La historia me absolverá», Discurso de Fidel Castro realizado en agosto de 1953, a seis años de establecerse la Revolución Cubana en el país.

viernes, 18 de mayo de 2007

El espectador dentro del cuadro

Así como existen los famosos narradores para la narrativa y los hablantes líricos para la poesía, me atrevería a decir que en la pintura el espectador del cuadro también tiene su papel más o menos asignado dentro de un lienzo. En una exposición de arte, en una galería de pinturas online o hasta en un simple catálogo de lienzos, uno está dispuesto a fijar la vista y pensar, sólo pensar, frente a una pintura. Qué sentimientos pretende plasmar el artista en su obra, qué me quiere decir a mí, el receptor de su mensaje. Porque a diferencia de otros medios de expresión, si el artista no publica su pintura, si no la muestra, pienso, no logra acabar con su proceso creativo. Porque entonces me pregunto, ¿Qué gana el pintor de telas que quiere expresar sus sentimientos, sus angustias, sus pensamientos, a través de la elaboración de una imagen si no puede compartirla con más personas?

Cada receptor que se enfrenta a una escena retratada en un cuadro, pienso, se hace partícipe de ella en el lugar que el artista ha elegido para él. Desde el ángulo que el pintor ha dispuesto, ha reservado para él. Hay veces en que la posición asignada al espectador es tremendamente explícita. Algunos pintores hasta nos han dibujado el rostro, nos han puesto edad, nos han trazado una expresión en la cara. Es explícito, por ejemplo, en el lienzo «Bar del Folies-Bergere» de Manet. Nosotros somos el hombre barbudo y de sombrero que se acerca a pedirle algo a la mesera. Nosotros nos vemos en el reflejo del espejo que está por detrás del mostrador.

Hay cuadros menos explícitos. Nadie puede asegurarnos, que sí, que nosotros también estamos retratados dentro de él. Es el caso de «Las meninas» de Velásquez. Si uno no descubre a Velásquez, ahí mismo dentro del cuadro, es muy difícil imaginarse que el artista está pintando una escena sacada del reflejo de un espejo. Piensen cómo uno podría pintar lo que está pasando a nuestras espaldas. Fácil: con un enorme espejo apostado frente a nosotros. Eso es lo que hace Velásquez. Analizando el cuadro, teniendo en cuenta lo último, podemos encontrarnos, descubrirnos en el lienzo. Sí, nosotros aparecemos dentro del lienzo. Nosotros somos las dos personas que se muestran en un espejo al fondo del salón. Que observan la escena que a la vez está siendo reflejada y que a la misma vez está siendo retratada.

Siempre me ha causado cierta intriga «Muchacha en la ventana» de Dalí. La mujer que observa con ensimismada calma lo que está sucediendo desde la ventana hacia fuera, ofrece visualmente al espectador del cuadro su espalda. Dalí sin embargo logra mucho más que eso. Personalmente siento que sin ofrecernos directamente el paisaje, el temple del mar, del cielo, sí nos hace partícipes de las sensaciones de la mujer en ese momento. Yo por lo menos me logro situar en el lugar, puedo sentir los olores, el olor del viento, puedo escuchar el probable ruido del agua en el mar.

Es la sensación de compenetrarse a tal punto con la mujer que está dándonos la espalda, que terminamos siendo nosotros y no ella la que mira desde la ventana hacia afuera. Yo por lo menos me olvido de su cuerpo apoyado en la ventana. Soy yo y no ella la que se apoya sobre un borde. Y puedo ver el mar. Desde la misma ventana.

sábado, 5 de mayo de 2007

Todas podemos ser «majas»

Hoy día, según la jerga madrileña, llamar a una mujer por «maja» es llamarla guapa. Piropearla. Sin embargo, no siempre ha sido así. Hace doscientos años atrás, toda mujer que no perteneciera a la nobleza española era la llamada «maja». Pongamos de ejemplo a una gitana. Una gitana calzaba a la perfección con el prototipo de la «maja española». Es clave agregar que en esta época, cuando a las gitanas las persigue la Inquisición, sus prédicas son consideradas lo más inmoral de lo inmoral. Ellas personifican a la farsante profeta de una falsa religión y por lo tanto deben ser reprendidas. Y más en una sociedad tan defensora de los principios católicos como lo era la española en ese momento.


A principios de siglo diecinueve, Francisco de Goya pintó al más famoso par de mujeres que existe actualmente en la pintura a nivel universal: «La maja desnuda y la maja vestida». Ambas cobran especial misticismo sabiendo que, recién pintadas, no recibieron el nombre de «Majas» sino que de «Gitanas», y que después de cien años de haber estado escondidas, censuradas en uno de los salones del antiguo palacio de un duque español, alguien les hubiese cambiado el nombre así como así no más.
¿Censuradas por qué, si pareciera ser que estamos en una época en donde el desnudo femenino en el arte está de moda?
Censuradas porque en el siglo diecinueve pintar a una mujer desnuda, que no hacía más que posar su desnudo y, como si fuera poco, mostrándose un tanto sensual (un tanto porque la desnuda tiene los pómulos manchados, expresando cierta vergüenza en el acto) era absolutamente inmoral.

La Iglesia Católica española —la más ortodoxa de todas—, en ese momento era omnipresente y no aceptaría una desfachatez como esa, menos venida de un artista que en esos años cobraba gran fama por ser pionero en promover el romanticismo —antes del neoclasicismo— en la pintura. Se dice que Goya para pintar a las majas se inspiró en «La Venus del espejo» de Velásquez, el pintor español barroco por excelencia.

Ahora, pensemos en el canon renacentista establecido en las artes en el que se exageran rasgos grecorromanos (aún muy latente a principios de siglo diecinueve con un fuerte Neoclasicismo presente en las artes): en él, el desnudo de mujeres es absolutamente legítimo. Existe una teoría de inmensa proporcionalidad en los cuerpos femeninos, que en artistas vanguardistas como Rembrandt —también exponente del barroco— será despedazada: el cuerpo de una mujer al estilo «El hombre de Vitruvio» de Da Vinci, está obsoleto. Rembrandt se ríe de la famosa «razón áurea» tan manoseada por los griegos. No hay que olvidar que el artista holandés pintó sobretodo a mujeres de grandes bustos con blancas y generosas barrigas. Aquí hay que tener ojo. ¿Por qué Rembrandt no causó la explosión de críticas que sí causó Goya dos siglos después? Porque no hay ningún desnudo provocativo en Rembrandt, porque no casualmente la mayoría de las escenas retratadas en las que aparece un cuerpo femenino desnudo, han sido extraídas de pasajes bíblicos. Es el caso de «Betsabé en el baño», el lienzo que fue pintado en 1654 y en el que se muestra la supuesta historia de amor entre Betsabé y David. Entonces nosotros vemos, por medio de los ojos de David, a Betsabé despojada de sus ropas, en un acto absolutamente casual. Ella no ve que, mientras le lavan los pies, alguien observa su torso desnudo. Ni siquiera nos topamos con su mirada de frente.


Volviendo a «Las majas», algunos estudiosos explican esta doble existencia a través de una curiosa teoría: se dijo en su momento que Goya, al presentar sus cuadros públicamente, habría sobrepuesto la tela de la maja vestida sobre la desnuda. Quería hacerles una broma a sus auditores en medio de la exposición. Ambas habrían compartido un mismo marco, la vestida por encima, está claro. Bueno, en el segundo menos esperado, Goya le habría dicho a su público: ¡Sorpresa! Y habría presentado a la desnuda después de extraer rápidamente la tela de la maja con ropa que estaba encima.

Pero aquí no termina lo curioso. Hoy día «Las majas» se exponen en uno de los salones destinados a “Vida y obra de Francisco de Goya” en el Museo del Prado, en Madrid y a la simple vista del visitante salta un detalle no poco significativo: el rostro de la maja vestida está hecho mucho más a la rápida que el de la desnuda (porque se entiende que deberían ser iguales, ambos retratos corresponden a la misma mujer) ¿La razón? Se dice que Goya tuvo una relación sentimental secreta con la amante del Duque que le encargaba cuadros a pedido. Al saber este duque de la existencia de un retrato desnudo de su amante, pintado ni nada más ni nada menos que por su junior, se habría espantado; Goya, mientras tanto, para pasar inadvertido, habría pintado a la maja vestida rápidamente, demostrándole al duque que por ningún motivo él hubiese osado pintar a su secreta amante desnuda. He ahí la razón del rostro de la maja vestida hecho de pinceladas duras, rápidas, hechas a prisa en comparación a las de su gemela desnuda.

Y hay más intrigas en el par de cuadros. Se dice que ambos rostros están pintados encima de otros: o sea, hay dos majas prófugas en la primera capa. También se ha dicho que los rostros que vemos, están hechos a partir de muchos rostros y que, sin embargo, ambos cuerpos sólo pertenecen a una: a la mismísima esposa del duque en cuestión.

Bueno, sin duda alguna, las majas marcaron época. Y dejaron su legado. Que les costara el precio de una tremenda persecución por parte de la Inquisición no fue menor: Manet, uno de los fundadores del impresionismo, pintó a su famosa «Olimpia» (una desinhibida prostituta que está siendo lavada por una mujer de raza negra) inspirado en la maja desnuda de Goya, esto sesenta años después de pintadas las majas.


Y como si fuera poco: aún no para la resonancia de esta obra en las artes visuales. Ni siquiera hoy día, dos siglos más tarde desde su producción. La pintora chilena Elda Villena en su retrospectiva "Imágenes de Fantasía y Realidad", que está presentando en el Instituto Cultural de Providencia, sorprende a la entrada de su exposición con dos tremendos lienzos pintados en acrílico y pastel sobre tela: La «maja 1» y «la maja 2» son igualitas a las de Goya. La gran diferencia es que la pintora chilena quiso traer a la tierra, al día a día, el misticismo del par de obras: sus “majas a la chilena” sonríen, sin un toque de pudor, al receptor de la obra. Pero, siempre hay un pero, estas majas no se extienden sobre un sofá de telas aterciopeladas. Las majas de Villena viven y sobreviven sobre los resquicios de la ciudad.

Goya podría sentirse alabado. Quizás. Sus majas, absolutamente precoces en su momento, hoy día ya no son las promotoras de un sentimiento obsceno, morboso, fuera de lo éticamente aceptado en las artes canónicas de su tiempo. Al menos en los lienzos de la Villena, no. Ni siquiera hacen referencia a una mujer de fácil vivir, ni a una gitana, ni a una subversiva, ni a una revolucionaria. Según la pintora chilena, todas podemos ser «majas». Todas somos «majas». Día a día, no sin ponernos los zapatos de taco alto, caminamos por el centro, vamos a reuniones y hacemos colas para los trámites. Todas podemos ser «majas». Todas lo somos, ¿o no?

jueves, 26 de abril de 2007

Improbable pero no imposible

El tipo que le hace de modelo a Magritte llega, se enfrenta a un espejo y no se ve a él sino que ve el reflejo de su espalda. Ahora, cómo encontrar la explicación racional, la razón científica de la situación. No hay. Y punto. Un jueguito ilusorio más, de los tantos que ocupa Magritte para que cada espectador se quede clavado en la tela dándole vueltas al asunto como inteligentonto, pensando y pensando qué quiere decir el tipo, cuál es la reflexión que está haciendo. Pero a diferencia de Dalí, Magritte no realiza críticas literales a la sociedad contemporánea ni a sus prioridades, ni tampoco a sus decisiones, ni a sus modos de ver la vida.

En una exposición de Dalí que visité para los cien años de su muerte, revisé un catálogo entero de simbolismos. Y sí: los relojes derritiéndose no son un mero recurso estilístico original Daliano, sino una argumentada crítica a la irrelevancia del tiempo en la sociedad actual.
Entonces, volviendo a Magritte: ¿qué pretende este pintor satirizando, por ejemplo, dimensiones de espacio? ¿Acaso sólo llamar la atención a partir de mundos imaginarios, creados con una tremenda genialidad?
Yo creo que Magritte se cuestiona la realidad en términos mucho más psicológicos, y se plantea el «azar» como una posibilidad más, dentro de todas las posibilidades que colapsan, en el día a día, al oído. La otra vez pensaba cómo sería que, haciendo una muy superficial comparación con La Metamorfosis de Kafka, de un día a otro, uno amaneciera con las manos al revés, o sea con los dedos gordos donde están los más chicos y así, todos los dedos en lugares en donde no deberían estar según lo dictan las leyes de la naturaleza humana (nunca he escuchado de una deformación congénita parecida, que los dedos de las manos te salgan desordenados, por lo mismo más azar, menos probabilidad). Todo el cuerpo empezaría a funcionar mal y no creo que yo por lo menos, pudiera llegar a pensar en una solución rápida, es un impredecible tan imposible que yo creo que me moriría de un ataque a la incredulidad. Y aunque considerándome a veces demasiado surrealista, pienso que sí hay situaciones de la misma naturaleza con las que día a día nos topamos o nos toparemos y que no escapan de ser imposibles: los impredecibles que se esconden detrás de los árboles y que en los momentos más inesperados, se te tiran encima con los brazos abiertos y son capaces de tenerte apresada por minutos enteros y de un tirón soltarte. Dejándote tirada en el piso con la sensación de un cuerpo a medias, con el susto viviendo unos días por debajo de la piel.

Siempre le he tenido terror a los semáforos. Temor en la perfección ofrecen en el funcionamiento de su sistema, temor en la confianza que les regala la gente común y corriente, confianza cuando manejamos cien por ciento entregados a lo que las verdes, rojas y, sólo algunas veces, las amarillas nos digan. ¿Qué pasaría si el sistema colapsa? Pero no como cuando se corta la luz y las preferencias hay que saber cederlas. Si no que el sistema colapsara y que al mismo tiempo diera verde para todos los lados y auspiciar choques perpendiculares, así, tan rápido como pasa…este segundo.
Es el mismo miedo que sentí la primera vez que me subí a un ascensor sola. Apreté «cero» pensando que aparecería en el «piso uno», sin saber que hay edificios que tienen la recepción en el «uno» y los estacionamientos en el «cero». El tema es que en ese momento, aparecí en una dimensión absolutamente desconocida, segura de que no podía ser posible que si yo apretaba un piso apareciera en otro, debía estarlo soñando, no había más lógica que eso.
Quizás cuántas otras posibilidades se me van ahora, eventuales quiebres en lo que cada uno creía sentir real o también imposible. Hay muchos idealistas que dicen «haz de todo lo imposible, tu realidad posible», pero ¿qué pasa si posible e imposible terminan fundiéndose en uno, en el azar, en lo improbable pero no imposible?

sábado, 21 de abril de 2007

Escribir, escribir y escribir

Hay días en que invento demasiadas historias dentro de mi cabeza. Con una sola palabra, puedo desenredar todo un relato. O con una expresión. También, partir la ficción con el verbo —conjugado en algún tiempo— de una acción emprendida por alguien. O con una declaración fuerte de un personaje que de pie a la respuesta de otro y después que el primero conteste y así, infinitamente. De esta forma un diálogo empieza a fluir y a fluir en mi cabeza. Es la sensación de sentarse de piernas cruzadas frente a un escenario y ser la espectadora de una historia que voy entendiendo, que voy explorando a medida que va sucediendo, dentro de mi mente. Con suerte, cuando no estoy al frente de un teclado, puedo tener algún papel y un lápiz a mano y anoto palabras para luego recuperar el hilo de la historia. Las otras veces, no puedo registrar las imágenes que, en relampagueos, se me cruzan. Y como me pasa con los sueños, casi siempre termino por desecharlas de mis pensamientos. Porque como en otros actos inconscientes, en mi caso la inspiración en el escribir, me viene en momentos inesperados. Es como sentir que mis palabras quieren sufrir una caída libre desde mi boca sin que yo tenga injerencia alguna en lo que ellas quieren contar. Crear historias en la mente, mundos con palabras y por esto vivir momentos enteros en una especie de balanceo entre los mundos de ficción y no ficción en la mente. Que estos dos mundos, terminen peleándose el asiento para acomodarse ahí, por dentro de tu cabeza. Luego sentir una especie de expropiación de tus palabras —muchas veces me ha pasado que escribo palabras que no existen, segurísima no sé de a dónde, que sí le calzan perfecto al relato que estoy narrando—. Dejarse llevar por un extraño y bien modulado dictado que no sabemos dónde me llevará. Quizás por eso disfruto tanto algunas de las historias que imagino. Ni siquiera sé cuál va a ser su final cuando le doy vida a la primera palabra, que sale como disparada a presión, dejando volar a las que vienen apretadas atrás.
Pienso que todos creamos nuestros personajes ficticios a partir de pedazos de personajes de la vida real. Porque inciden mucho las personas con que uno se topa en el día a día para la elaboración de un personaje. Lograr verosimilitud en el relato, nutrirse del mundo real para darle vida al irreal. Como diría Albert Chillón, “literatura es un modo de conocimiento de naturaleza estética que busca expresar lingüísticamente la calidad de la experiencia”, o sea, reflejemos en lo que escribimos una realidad que mantenga estándares mínimos de credibilidad en el lector. Aquí por lo tanto, cada uno debe darle vida a nuestra ficción a partir de qué? De la calidad de nuestra experiencia. O sea: abramos los ojos y fijemos especial atención a esos detalles, a primera vista imperceptibles, que tiene cada una de las personas en el mundo real. Ellos sin duda le darán autenticidad a nuestro relato. El ojo es el que se afina y ya en una conversación diaria, no sólo uno se encuentra con la mirada de la otra persona: a la vista salta su lenguaje verbal y paraverbal. La velocidad del movimiento de manos, la forma de vestirse, el grosor de las cejas, el color de las uñas. Porque claro, no basta con escribir, por ejemplo, que en el lugar de ambientación había un árbol. Hay que decir que el árbol era del verde de las manzanas ácidas o que sus hojas se mecían como el cabello de una mujer en el viento.
André Breton, fundador del surrealismo, defiende a esa vocecita que, a veces, empieza a susurrarnos cuentos por la oreja. Transmite por sobre todo, el uso del automatismo psíquico, sujetando a éste el dictado absolutamente libre del pensamiento, libre de cualquier control de la razón, para escribir.
Pero esta inspiración no sólo pasa por existir, por transformarse en el secreto que alguien te susurra en un momento indeterminado. Porque también se vuelve dependiente de un vehículo para hacerse visible: las palabras y la forma de usarlas. Como si fuera poco, existe un uso de palabras —absolutamente personal pienso— con las que hay que proyectar a todos, la imagen que primero ha sido proyectada en mi pantalla mental. Ejemplo. Cómo poder mostrar al mundo la mirada decidora de un hombre que me observa desde el balcón de un segundo piso. Que apoya los codos en el borde del balcón, y sobre sus manos su mentón y que yo, aunque estando a distancia, puedo sentir el choque de su respiración con el del oxígeno en el aire. Que así, el hombre en su precaria postura, en mi cabeza, es capaz de generarme demasiada curiosidad, demasiadas ganas de saber de dónde viene, a dónde va, qué está pensando. Cómo poder describirlo, así tal cual se pasea por los balcones de mi cabeza, cómo poder darle vida autónoma en la cabeza del que va a leer mi narración. Porque no faltan los momentos en que no hay palabras para ocupar, para poder imprimir la imagen que yo tengo en consideración, antes que termine volándose por los cielos como en un globo aerostático. Rudyard Kipling habla del daimon en la creación literaria y dice que el encuentro con tal ente en la mente del escritor, es el que le permite escribir. Lograr una especie de trance mental y obedecerle como hipnotizado a su dictado, el del daimon. Tanto Kipling como Bretón, aconsejan dejarse llevar completamente por los desvaríos de la señorita inspiración. Algo así como seguirla a ojos vendados en un viaje sin vuelta atrás, dejarse seducir por su coqueto pestañeo y escribir. Sólo escribir.