Pienso que todos creamos nuestros personajes ficticios a partir de pedazos de personajes de la vida real. Porque inciden mucho las personas con que uno se topa en el día a día para la elaboración de un personaje. Lograr verosimilitud en el relato, nutrirse del mundo real para darle vida al irreal. Como diría Albert Chillón, “literatura es un modo de conocimiento de naturaleza estética que busca expresar lingüísticamente la calidad de la experiencia”, o sea, reflejemos en lo que escribimos una realidad que mantenga estándares mínimos de credibilidad en el lector. Aquí por lo tanto, cada uno debe darle vida a nuestra ficción a partir de qué? De la calidad de nuestra experiencia. O sea: abramos los ojos y fijemos especial atención a esos detalles, a primera vista imperceptibles, que tiene cada una de las personas en el mundo real. Ellos sin duda le darán autenticidad a nuestro relato. El ojo es el que se afina y ya en una conversación diaria, no sólo uno se encuentra con la mirada de la otra persona: a la vista salta su lenguaje verbal y paraverbal. La velocidad del movimiento de manos, la forma de vestirse, el grosor de las cejas, el color de las uñas. Porque claro, no basta con escribir, por ejemplo, que en el lugar de ambientación había un árbol. Hay que decir que el árbol era del verde de las manzanas ácidas o que sus hojas se mecían como el cabello de una mujer en el viento.
André Breton, fundador del surrealismo, defiende a esa vocecita que, a veces, empieza a susurrarnos cuentos por la oreja. Transmite por sobre todo, el uso del automatismo psíquico, sujetando a éste el dictado absolutamente libre del pensamiento, libre de cualquier control de la razón, para escribir.
Pero esta inspiración no sólo pasa por existir, por transformarse en el secreto que alguien te susurra en un momento indeterminado. Porque también se vuelve dependiente de un vehículo para hacerse visible: las palabras y la forma de usarlas. Como si fuera poco, existe un uso de palabras —absolutamente personal pienso— con las que hay que proyectar a todos, la imagen que primero ha sido proyectada en mi pantalla mental. Ejemplo. Cómo poder mostrar al mundo la mirada decidora de un hombre que me observa desde el balcón de un segundo piso. Que apoya los codos en el borde del balcón, y sobre sus manos su mentón y que yo, aunque estando a distancia, puedo sentir el choque de su respiración con el del oxígeno en el aire. Que así, el hombre en su precaria postura, en mi cabeza, es capaz de generarme demasiada curiosidad, demasiadas ganas de saber de dónde viene, a dónde va, qué está pensando. Cómo poder describirlo, así tal cual se pasea por los balcones de mi cabeza, cómo poder darle vida autónoma en la cabeza del que va a leer mi narración. Porque no faltan los momentos en que no hay palabras para ocupar, para poder imprimir la imagen que yo tengo en consideración, antes que termine volándose por los cielos como en un globo aerostático. Rudyard Kipling habla del daimon en la creación literaria y dice que el encuentro con tal ente en la mente del escritor, es el que le permite escribir. Lograr una especie de trance mental y obedecerle como hipnotizado a su dictado, el del daimon. Tanto Kipling como Bretón, aconsejan dejarse llevar completamente por los desvaríos de la señorita inspiración. Algo así como seguirla a ojos vendados en un viaje sin vuelta atrás, dejarse seducir por su coqueto pestañeo y escribir. Sólo escribir.




